Lamento mudo, así era llamado de nacimiento,
sus documentos decían masculino y él no creía ni en sí mismo. Comía por evitar
la inanición, por darle motivos a sus días, no había nada más entretenido que ver
una cucharada dirigirse a su boca por voluntad suya, ya que entre comer y sus
procesos fisiológicos nunca encontró algo más libre e independiente que pudiera
hacer. Dormitaba de día y en las noches observaba a los garufas en bares inhóspitos,
apreciaba la oratoria más que a un arte, deleitaba su imaginación al escuchar
el cotejo nocturno de las personas que culminaba en lengüetazos y caricias mutuas. No sentía envidia ni rencor, sonreía
profundamente hasta que sus mejillas perdían su forma natural. Su complacencia
venía del exterior, desde muy niño comprendió que la vida era ajena, un bien retrechero
e inocuo, no se podía ser desagradecido ni maldecirla cotidianamente; era un
joropo, un tango, una balada, una zampoña sin orificios, un paso mal dado. Todo
era y no era, decidió crear su propio limbo perpetuo, un mundo sin perturbaciones,
lo llamó vivir.