martes, 13 de agosto de 2013

SÚBITO




Hay dos formas de hacer historia, narrándola hasta diluirla o escribiéndola para ser reinterpretada, ni lo uno ni lo otro funcionó, somos desorden furtivo, la esquizofrenia de los escribanos, el arameo hablado por un Quimbaya, la resaltada indiferencia al recuerdo. Fuimos sin pasado, somos de presente afanado y no especulamos sobre lo venidero por ser exiliados del futuro. En ese preciso momento apareció la realidad y nos apuñaló una y otra vez, dejando una nota sobre nuestros cuerpos fríos pero aún unidos de las manos, FIN DE LA HISTORIA.

jueves, 1 de agosto de 2013

JUANITA





Abrió sus ojos negros benignos, pero el resto del cuerpo no le reaccionó con la misma velocidad, esperó unos minutos a que la sangre se le calentara y el corazón recobrara la fuerza de cada día, desenfundó su cuerpo entre las sábanas y enfrentó el frío mañanero sin improperio alguno, guerra que parecía perder diariamente, pues el rostro dejaba ver un rosado tenue en sus mejillas y la piel india palidecía, no brillaba como debía. Tomó el baño matutino con celeridad, escribió su nombre en el vidrio, gracias al vapor que cubría cada rincón del baño, se secó lentamente mientras pensaba en qué hacer durante el día, quiso conocer un animal nunca antes visto, jugar con el tablero mágico de la vecina y volar por encima de las montañas verdes que jamás podrían limitar su imaginación. Trenzó sus cabellos largos y oscuros, hilada tras hilada de inocencia colgante, cada uno contenía una hora de vida. Se puso su jardinera de jean, zapatos con rueditas en los bordes que en la lengüeta exponían la caricatura de un chimpancé; bajó las escaleras rompiendo las reglas de la gravedad y abrazó a su abuelo quien iba de pesca, la contuvo entre sus brazos como si fuera a cometer un homicidio amoroso, le susurró como todos los días.

-          -  Imagina los arboles de un rojo volcánico, el agua blanca y que el viento es producto de un gigante sobre las nubes, nos vemos en la noche  para contarnos lo creado.

Ella se quedó mirándolo mientras se alejaba, caminaba encorvado con las manos juntas en la espalda, como si fueran su equilibrio. Disolvió la tristeza de la partida con agua de panela y una  mogolla dura, esperó que el sol secara la tierra húmeda de su inmenso jardín, cuarenta hectáreas de vida silvestre, donde las aves ponían el ritmo con el cual pintar las nubes con sus crayones, las terneras desplegadas en el fin del prado le mostraban hasta donde llegar y las hormigas le mostraban el camino de vuelta  a casa. Salía a media mañana y regresaba casi al caer la noche, con una capa de tierra sobre la ropa, con los crayones desgastados y la trenza intacta. Su abuela ponía mirada de castigo a lo que su contrincante respondía con una sonrisa desproporcionada, cada diente posaba sin orden alguno y los ojos le brillaban de un perlado incandescente. Entró saltando mientras cantaba una ronda infantil y se afianzó sobre las piernas de su abuelo. La noche escuchó los nuevos mundos que brotaban de sus bocas y morían en los oídos de la abuela, tres era un número primo para ser divisibles por ellos mismo y aquel que tenían frente. Palabras,  mundos y libertad.