Abrió sus ojos negros benignos,
pero el resto del cuerpo no le reaccionó con la misma velocidad,
esperó unos minutos a que la sangre se le calentara y el corazón recobrara la
fuerza de cada día, desenfundó su cuerpo entre las sábanas y enfrentó el frío
mañanero sin improperio alguno, guerra que parecía perder diariamente, pues el
rostro dejaba ver un rosado tenue en sus mejillas y la piel india palidecía, no
brillaba como debía. Tomó el baño matutino con celeridad, escribió su nombre en
el vidrio, gracias al vapor que cubría cada rincón del baño, se secó
lentamente mientras pensaba en qué hacer durante el día, quiso conocer un
animal nunca antes visto, jugar con el tablero mágico de la vecina y volar por
encima de las montañas verdes que jamás podrían limitar su imaginación. Trenzó
sus cabellos largos y oscuros, hilada tras hilada de inocencia colgante, cada
uno contenía una hora de vida. Se puso su jardinera de jean, zapatos con
rueditas en los bordes que en la lengüeta exponían la caricatura de un chimpancé;
bajó las escaleras rompiendo las reglas de la gravedad y abrazó a su abuelo
quien iba de pesca, la contuvo entre sus brazos como si fuera a cometer un
homicidio amoroso, le susurró como todos los días.
-
- Imagina los arboles de un rojo volcánico, el
agua blanca y que el viento es producto de un gigante sobre las nubes, nos vemos
en la noche para contarnos lo creado.
Ella se quedó mirándolo mientras
se alejaba, caminaba encorvado con las manos juntas en la espalda, como si
fueran su equilibrio. Disolvió la tristeza de la partida con agua de panela y
una mogolla dura, esperó que el sol secara
la tierra húmeda de su inmenso jardín, cuarenta hectáreas de vida silvestre,
donde las aves ponían el ritmo con el cual pintar las nubes con sus crayones,
las terneras desplegadas en el fin del prado le mostraban hasta donde llegar y
las hormigas le mostraban el camino de vuelta a casa. Salía a media mañana y
regresaba casi al caer la noche, con una capa de tierra sobre la ropa, con los
crayones desgastados y la trenza intacta. Su abuela ponía mirada de castigo a
lo que su contrincante respondía con una sonrisa desproporcionada, cada diente
posaba sin orden alguno y los ojos le brillaban de un perlado incandescente.
Entró saltando mientras cantaba una ronda infantil y se afianzó sobre las piernas
de su abuelo. La noche escuchó los nuevos mundos que brotaban de sus bocas y
morían en los oídos de la abuela, tres
era un número primo para ser divisibles por ellos mismo y aquel que tenían
frente. Palabras, mundos y libertad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario