sábado, 11 de febrero de 2017

ANHELO





Pensar en la libertad que la mueve hacia su destino cada mañana, era mi oportunidad matutina para imaginarme como alguien importante en la existencia de ella. Por supuesto que no me conoce, yo me aprendí su nombre completo. Alguna vez visité la casa donde vive sin que diera cuenta de mi presencia y hazte descubrí que comía para dejarle recados clandestinos en el lugar donde trabaja. No podía hacer nada más, me negaba a presentarme ante su figura delgada y torneada con finura, que tal vez me mirara con desprecio y ni siquiera vocalizara un <<Hola>>. Absorto por la idea de no ser en la vida de ella, cada noche me obligué a soñarla, en cada sueño construía una forma de acercarme, creaba una oportunidad para acariciarle el cabello y decirle con el tono más suave que sus ojos poseían un café infinito; veía como apretaba su mano en las prolongadas caminatas que tuvimos al viajar por el mundo, sin mover mi cuerpo un centímetro de la cama. En los sueños suspiraba para liberar todas la palabras que no decía despierto, al hacerlo se volvían globos que ella estallaba en cada aniversario imaginario. Todo era un sueño, pero lo más enfático de soñar era creer que todo lo hacía por primera vez, como si el universo hubiese sido diseñado para los dos, cada sueño parecía ser adorable pero escondía un egoísmo del tamaño de su miedo por hacer realidad un encuentro. Hoy con la cabeza sobre la almohada, cierra los ojos para iniciar el viaje 141, suspiro y a dormir.