Pensar en la libertad que la
mueve hacia su destino cada mañana, era mi oportunidad matutina para imaginarme
como alguien importante en la existencia de ella. Por supuesto que no me
conoce, yo me aprendí su nombre completo. Alguna vez visité la casa donde vive
sin que diera cuenta de mi presencia y hazte descubrí que comía para dejarle recados
clandestinos en el lugar donde trabaja. No podía hacer nada más, me negaba a
presentarme ante su figura delgada y torneada con finura, que tal vez me mirara
con desprecio y ni siquiera vocalizara un <<Hola>>. Absorto por la
idea de no ser en la vida de ella, cada noche me obligué a soñarla, en cada
sueño construía una forma de acercarme, creaba una oportunidad para acariciarle
el cabello y decirle con el tono más suave que sus ojos poseían un café
infinito; veía como apretaba su mano en las prolongadas caminatas que tuvimos
al viajar por el mundo, sin mover mi cuerpo un centímetro de la cama. En los
sueños suspiraba para liberar todas la palabras que no decía despierto, al hacerlo
se volvían globos que ella estallaba en cada aniversario imaginario. Todo era
un sueño, pero lo más enfático de soñar era creer que todo lo hacía por primera
vez, como si el universo hubiese sido diseñado para los dos, cada sueño parecía
ser adorable pero escondía un egoísmo del tamaño de su miedo por hacer realidad
un encuentro. Hoy con la cabeza sobre la almohada, cierra los ojos para iniciar
el viaje 141, suspiro y a dormir.
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