martes, 25 de octubre de 2016

LA GUERRA


Desenfundó su arma más poderosa, pensamientos de odio y rechazo que vociferaba al mundo, atrapado en discursos que etiquetaban a cada persona con una historia y un significado que tal vez no les correspondía. Nadie decía nada, el silencio se volvía cómplice de cuerpos sin vida flotando en los ríos, siguiendo el curso de la justicia, chocando contra piedras milenarias y desembocando en un acantilado lleno de promesas fétidas. Precisamente en la caída, entre lo turbio, vio un joven caminar, un caminar lento y torpe como quien agoniza de sed. Al acercarse se percató de la pausa que hizo sobre una piedra de tamaño mediano y forma irregular, éste empezó a golpearla hasta que le sangró la mano, volvió a detenerse, ésta vez sollozaba mirando hacia su derecha un par de cadáveres. Hombre y mujer, no llegaban a los 50 años cada uno, disparos que no pude contar habían dejado huérfano al joven, ahora tenía por herencia un duelo.


Somos testigos del dolor, de no volver a ver sino en sueños, habrá nuevos hábitos en su vida, llevar flores a los difuntos, pensarse sin familia y la posibilidad de llegar a perder la que se construye. Regresar a ti justicia, rebelde que no mira a la cara, interpretación de corbatas parlanchinas. Ahora dirán si los muertos tienen precio, la necesidad de encontrar un victimario para ponerlo en libros y noticieros, jugar al juzgado portátil y en directo. Nadie le volvió a ver el rostro, el joven sigue de pie, guardando lágrimas para lo que queda de vida, formulando preguntas a quienes no saben de su lugar de procedencia ¿Y si ellos también son amigos de los disparos? Lengua congelada, corazón arrugado y postura encorvada como proyectando la sombra de un miserable, a caminar como campesino, en subida o bajada pero con barro hasta las rodillas, sorteando el frío de la gente, diferente al de la montaña. Ponte las botitas, que la trocha a partir de este momento se hace larga.

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