Desenfundó
su arma más poderosa, pensamientos de odio y rechazo que vociferaba al
mundo, atrapado en discursos que etiquetaban a cada persona con una historia y
un significado que tal vez no les correspondía. Nadie decía nada, el silencio
se volvía cómplice de cuerpos sin vida flotando en los ríos, siguiendo el curso
de la justicia, chocando contra piedras milenarias y desembocando en un
acantilado lleno de promesas fétidas. Precisamente en la caída, entre lo
turbio, vio un joven caminar, un caminar lento y torpe como quien agoniza de
sed. Al acercarse se percató de la pausa que hizo sobre una piedra de tamaño
mediano y forma irregular, éste empezó a golpearla hasta que le sangró la mano,
volvió a detenerse, ésta vez sollozaba mirando hacia su derecha un par de
cadáveres. Hombre y mujer, no llegaban a los 50 años cada uno, disparos que no
pude contar habían dejado huérfano al joven, ahora tenía por herencia un duelo.
Somos
testigos del dolor, de no volver a ver sino en sueños, habrá nuevos hábitos en
su vida, llevar flores a los difuntos, pensarse sin familia y la posibilidad de
llegar a perder la que se construye. Regresar a ti justicia, rebelde que no
mira a la cara, interpretación de corbatas parlanchinas. Ahora dirán si los
muertos tienen precio, la necesidad de encontrar un victimario para ponerlo en
libros y noticieros, jugar al juzgado portátil y en directo. Nadie le volvió a
ver el rostro, el joven sigue de pie, guardando lágrimas para lo que queda de
vida, formulando preguntas a quienes no saben de su lugar de procedencia ¿Y si
ellos también son amigos de los disparos? Lengua congelada, corazón arrugado y
postura encorvada como proyectando la sombra de un miserable, a caminar como
campesino, en subida o bajada pero con barro hasta las rodillas, sorteando el
frío de la gente, diferente al de la montaña. Ponte las botitas, que la trocha
a partir de este momento se hace larga.
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