Vomitaba chorros color arco iris,
su piel tenía una apariencia lechosa, la lengua se le asomaba de vez en cuando,
seca y llena de llagas, se movía al ritmo del delirio y el orine marrón que
salía por su conducto estrecho, traía consigo un olor rancio que le hizo
arrugar la nariz al más chato. Médicos y médicas pasaron por el cuarto,
recetando lo habido y por haber, los naturistas no se hicieron esperar pero la
palidez jamás abandonó su cuerpo, las ojeras le servían de cobija y la
tembladera de su ser casi crea un nuevo baile regional. Ya en el final de los
días, apareció la tía indeseable, la que aprieta cachete para saludar y levanta
pelos al hablar; abrió su boca y se desprendieron unos chillidos audibles.
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Llévelo donde Arcesio, ese viejo está hecho de
levadura ancestral y saca al diablo a pasear todos los días.
El cadáver movió la cabeza en
señal de aprobación. Arcesio con el bigote espeso, la mirada de apariencia
dubitativa y las manos arrugadas con quien las deja en jabón. Agarró la cría
por la espalda y juetió su debilidad con cuanta rama se le cruzó, le escupió el
cuerpo con brebajes desconocidos y le gritó en ocho dialectos diferentes; al
terminar lo cargó y le invirtió los polos. Miró a los acudientes y les
vociferó.
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Cuajo volteado, cuajo despiadado, muchacho mal
criado delicia pal` malvado.
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