Las migajas de su mirada expresaban
éxtasis color ranita del pacifico, apretaba su labio inferior con sus dientes,
provocando la aceleración del movimiento en la cadera; enterraba sus uñas con
desespero, marcando un cuerpo que nunca le pertenecería. Apretó fuertemente con
sus piernas para robarle la respiración, con sus manos obligó el movimiento de
una cabeza, acercándola a su boca para susurrarle al oído ajeno, mientras
mordía al mismo tiempo la parte más blanda de esta, deme más, deme más, lo repitió
exponencialmente hasta morderse de nuevo el labio inferior con más fuerza.
Lanzó un manotazo a las costillas de su adversario, imitando el sonido de una
marimba salvaje. Hubo un silencio crudo, una pausa mortuoria, el crujido de una
tabla reactivó el hedonismo, los cuerpos sudaron más que antes, y la batalla por
su duración y algarabía sería
recordada en la Merced como el día de
los desconocidos.
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