miércoles, 2 de octubre de 2013

GALBANA



De los siete pecados capitales, elegí el más estúpido, la pereza, la elección sería mi estandarte, el logo de mi vida y el himno cantado diariamente en la mañana y la tarde. Perfeccioné cada acción en torno a ello, elaboré manuales donde recopilé miles de excusas aplicables a múltiples situaciones. Caminaba más lento cada día, pensaba en lo necesario para sobrevivir, ya que era innecesario hacerlo y no sostenía una conversación por más de cinco minutos para no colapsar en angustias. Cada noche me levantaba a las dos de la madrugada para drenar mi cuerpo, era tan avanzada mi especialización en el campo que tenía un bacín debajo de la cama, evitando la caminata de diez metros que separan mi pene de su recinto sagrado. Profundicé mis conocimientos en la pereza, la apreciaba más que respirar, atrofiaba mi cuerpo con la misma delicadeza con la que una madre acaricia a un recién nacido, la reemplacé por mi alma  y ahora somos uno, porque de a dos es más carga.

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