De los siete pecados capitales,
elegí el más estúpido, la pereza, la elección sería mi estandarte, el logo de
mi vida y el himno cantado diariamente en la mañana y la tarde. Perfeccioné
cada acción en torno a ello, elaboré manuales donde recopilé miles de excusas
aplicables a múltiples situaciones. Caminaba más lento cada día, pensaba en lo
necesario para sobrevivir, ya que era innecesario hacerlo y no sostenía una
conversación por más de cinco minutos para no colapsar en angustias. Cada noche
me levantaba a las dos de la madrugada para drenar mi cuerpo, era tan avanzada
mi especialización en el campo que tenía un bacín debajo de la cama, evitando
la caminata de diez metros que separan mi pene de su recinto sagrado.
Profundicé mis conocimientos en la pereza, la apreciaba más que respirar,
atrofiaba mi cuerpo con la misma delicadeza con la que una madre acaricia a un recién
nacido, la reemplacé por mi alma y ahora
somos uno, porque de a dos es más carga.
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