jueves, 10 de octubre de 2013

ÉMIL MICHEL CIORAN (EN LAS CIMAS DE LA DESESPERACIÓN)






Mediante el látigo, el fuego o el veneno, obligad a todo ser humano a realizar la experiencia de los últimos instantes, para que conozca, en un atroz suplicio, esa gran purificación que es la visión de la muerte. Dejadle luego irse, correr aterrado hasta que se caiga de agotamiento. El resultado será, sin duda alguna, más brillante que el obtenido mediante los métodos normales. ¡Lástima que no pueda yo hacer agonizar al mundo entero para purgar de raíz la vida! La llenaría de llamas tenaces, no para destruirla, sino para inocularle una savia y un calor diferentes. El fuego con el que yo incendiaría el mundo no produciría su ruina, sino una transformación cósmica, esencial. De esa manera  la vida se acostumbraría a una alta temperatura y dejaría de ser un nido de mediocridad. ¿Quién sabe si incluso la muerte no dejaría, dentro de ese sueño, de ser inmanente a la vida?

(Escrito el 8 de Abril de 1933, el día en que cumplo veintidós años. Experimento una extraña sensación al pensar que soy, a mi edad, un especialista de la muerte.)

PUSILÁNIME




Desprendió de la tierra la flor con más pétalos que vio en su camino, mientras la desmembraba pétalo por pétalo se decía para sí, me quiere no me quiere me quiere no me quiere, hasta que le quedó la última correspondiente a no me quiere, la guardó en su bolsillo para seguir con la ilusión de vivir.

CEREZO, METAL Y FORTUNA




Un cuerpo dormido en una cama, un revolver hospedado debajo la almohada, el peso de una cabeza de guardián y con el inconsciente fundido. Entró el niño dando pasos cortos y torpes con un silencio desconocido en la infancia; el televisor estaba encendido, sintonizando el canal once donde justo en ese momento se transmitía el sorteo de la lotería, la mujer de figura estereotipada y ni hablar de su vestido empezó a elegir las balotas, mientras la cabeza cedía el turno de protección a la nada. El niño no perdió la oportunidad de jugar con el juguete del papá desconocido, la almohada fue a dar al suelo de un solo tirón, vio el revólver calibre 38 largo en una quietud insólita, recordó las imágenes de los vaqueros en sus libros de colorear y la duda no lo asaltó, cogió el arma por el tambor y el frío de su metal le arrebató el brillo de los ojos y la tembladera de las manos, lo acomodó en sus manos sosteniéndolo desde la empuñadura y apuntó con el quita vidas plateado hacia la última balota de la lotería, bastó un único estruendo rabioso para completar el número ganador. Al llegar la madre al cuarto contempló los dos premios obtenidos, un niño convertido en hombre asesino y un cuadro de expresionismo abstracto al estilo Pollock, la pintura abarcaba dos paredes del cuarto a base de sangre humana.

miércoles, 2 de octubre de 2013

GALBANA



De los siete pecados capitales, elegí el más estúpido, la pereza, la elección sería mi estandarte, el logo de mi vida y el himno cantado diariamente en la mañana y la tarde. Perfeccioné cada acción en torno a ello, elaboré manuales donde recopilé miles de excusas aplicables a múltiples situaciones. Caminaba más lento cada día, pensaba en lo necesario para sobrevivir, ya que era innecesario hacerlo y no sostenía una conversación por más de cinco minutos para no colapsar en angustias. Cada noche me levantaba a las dos de la madrugada para drenar mi cuerpo, era tan avanzada mi especialización en el campo que tenía un bacín debajo de la cama, evitando la caminata de diez metros que separan mi pene de su recinto sagrado. Profundicé mis conocimientos en la pereza, la apreciaba más que respirar, atrofiaba mi cuerpo con la misma delicadeza con la que una madre acaricia a un recién nacido, la reemplacé por mi alma  y ahora somos uno, porque de a dos es más carga.