domingo, 15 de diciembre de 2013

ANTE LOS ZAPATOS





El despertador de coraza metálica, con un fondo blanco, adornado por dos gallinas y un pollito, de plumas naranjas y negras, que simulan comer unos trazos amarillos que imitan granos de maíz, moviendo sus cabezas con la precisión del segundero. La campanilla resonó a las cinco de la mañana, un par de manos añejas lo detuvieron para no despertar oídos compañeros. Se levanta lentamente, apoyando firmemente cada uno de sus pies y evitar tambalear ante la vida. Se quita las telarañas de los ojos a la vez que introduce su cuerpo en el baño. Cuerpo refrescado y vestido, un tinto para el alma, besos para tres mejillas, la caja de embole  y una eterna bicicleta con destino al rebusque. El parque de la cuarenta y tres, escenario de libertadores, legisladores, tinterillos y pensionados; parecía ser el único anonadado por tanto pene histórico, deseó embetunar las botas de la mujer que prohibiera la acumulación de testosterona en aquella plaza. Instaló su asiento personalizado por sí mismo, una sola pieza con doble sillín, en donde el embolado quedaba en la parte superior, mientras el embolador no le quedaba más que mirar las piernas envueltas en pantalones de tonalidades tierra, un cuero rojo recubre la espuma para que los clientes disfruten la terapia y el clima. Don Cesar le dicen incesantemente sus oradores temporales, y el siempre les responde que su sangre siempre ha sido roja, produciendo caras de confusión o muecas alegres. Nadie sabe que ese nombre no es real, no le interesa que lo conozcan ni conocer, tiene muy claro que todas las historias encapsuladas en palabras, se desvanecen con cada pasada del cepillo embolador. Un retazo blanco de tela suave devuelve el brillo al calzado y a los ojos de los portadores, sólo eso le basta, un brillo ante la oscuridad del betún, ante las historias mudas de los zapatos. Un brillo que aplaza la miseria.

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