El despertador de coraza metálica,
con un fondo blanco, adornado por dos gallinas y un pollito, de plumas naranjas
y negras, que simulan comer unos trazos amarillos que imitan granos de maíz,
moviendo sus cabezas con la precisión del segundero. La campanilla resonó a las
cinco de la mañana, un par de manos añejas lo detuvieron para no despertar
oídos compañeros. Se levanta lentamente, apoyando firmemente cada uno de sus
pies y evitar tambalear ante la vida. Se quita las telarañas de los ojos a la
vez que introduce su cuerpo en el baño. Cuerpo refrescado y vestido, un tinto
para el alma, besos para tres mejillas, la caja de embole y una eterna bicicleta con destino al
rebusque. El parque de la cuarenta y tres, escenario de libertadores, legisladores,
tinterillos y pensionados; parecía ser el único anonadado por tanto pene
histórico, deseó embetunar las botas de la mujer que prohibiera la acumulación de
testosterona en aquella plaza. Instaló su asiento personalizado por sí mismo,
una sola pieza con doble sillín, en donde el embolado quedaba en la parte
superior, mientras el embolador no le quedaba más que mirar las piernas
envueltas en pantalones de tonalidades tierra, un cuero rojo recubre la espuma
para que los clientes disfruten la terapia y el clima. Don Cesar le dicen
incesantemente sus oradores temporales, y el siempre les responde que su sangre
siempre ha sido roja, produciendo caras de confusión o muecas alegres. Nadie
sabe que ese nombre no es real, no le interesa que lo conozcan ni conocer,
tiene muy claro que todas las historias encapsuladas en palabras, se desvanecen
con cada pasada del cepillo embolador. Un retazo blanco de tela suave devuelve
el brillo al calzado y a los ojos de los portadores, sólo eso le basta, un
brillo ante la oscuridad del betún, ante las historias mudas de los zapatos. Un
brillo que aplaza la miseria.
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