Luis Ferrara Peña, 38 años, de
rasgos físicos envidiables para aquellos que a esa edad, se preocupan
irresistiblemente por ello, vivía solo en un suntuoso apartamento en Santa
Teresita, un exclusivo sector de la sucursal del cielo. Desde su balcón podía sentirse
más cerca del apodo citadino. Lucho le decían los más hipócritas, Luisito sus
familiares, Papasito las masas y malparido sus colegas. Ferrara conducía un BMW
Z4 gris, un automóvil que le permitía destacarse en los semáforos y en los
parqueaderos públicos. No eran sus condiciones sociales y económicas lo único
que lo distinguía, su intelecto no era despreciable, a su edad se había
graduado en literatura y filosofía de la Universidad de los Andes y una
maestría en Argentina con el ánimo de sentirle el aura a Borges. Regresó a
Colombia porque extrañaba las empanadas y además la adulación extranjera no era
la misma. Se desempeñó como profesor universitario dos años en Medellín para
salir corriendo a Viena e iniciar su doctorado en Filosofía, tocó la tierra
sabia de pensadores y artistas de siglos pasados, sin recordar a los Taitas de
la tierra andina que lo vio abrir los ojos y llorar por primera vez. Pasaron
cinco años de hinchazón neuronal, volviendo frondoso de conocimiento y con la humildad de adorno. Lo entrevistaron
en siete canales diferentes, apareció en revistas académicas y lo invitaron a
casa de políticos, gerentes y terratenientes; no pasó mucho tiempo en dedicarse
a escribir unos artículos especializados para llevarlos a un congreso
latinoamericano, representando al país de la guacamaya Macao, el machete corta
coca y el activismo semáforal.
Un martes invernal, viajaba en su
arrogancia gris por la recta panamericana, el tacómetro tocaba casi los
doscientos kilómetros por hora, de improvisto el motor no respondía a las
órdenes del acelerador y comenzó a disminuir la potencia al punto que se
detuvo, Ferrara logró ponerlo a un lado de la vía doble calzada, con cara de
terror, como la expresada al ver la biblioteca de Alejandría consumirse en
llamas, trató de prenderlo tres veces pero fue inútil, estaba en medio de la
nada y no cargaba el celular por huirle al agite social. Recordó que unos
kilómetros atrás vio rápidamente una caseta que parecía un montallantas salva
salados, se bajó del automóvil y lo mojaron gotas enormes como el escupitajo de
un gigante. Su sombrero gardeliano, su polo rojo cereza y el pantalón de lino
italiano le quedaron ceñidos al cuerpo, al punto de confundirse con su piel.
Caminó sin saber cuánto había recorrido o el tiempo transcurrido desde que
había dejado a su patrimonio estacionado. Llegó a la caseta mugrosa y
desordenada, con un color gris oscuro predominante, sacudió una campanilla en
la entrada y vio una mujer con overol que se paraba de su silla, ella se acercó
con una mirada confusa, parecía que veía más agua que hombre, él dio dos pasos
y los ojos se le aguaron al sentir la solución como fragancia natural. Bajó su
sombrero empapado de su cabeza y dejó ver su cabeza desnuda a la mujer, ella lo
reconoció de inmediato y sin dejar espacio a la cordialidad, le dijo
certeramente mientras sus manos las apretaba dentro de los bolsillos.
- Fíjate como termina un hombre después de leer
miles de páginas, viajar por el mundo en primera clase y sin el maquillaje de
las sesiones de fotos, no importa el tamaño de tu cerebro o el reconocimiento
mundial. Los carros seguirán varándose y
la lluvia mojará por igual a eruditos e ineptos.
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