domingo, 15 de diciembre de 2013

DOCTORADO




Luis Ferrara Peña, 38 años, de rasgos físicos envidiables para aquellos que a esa edad, se preocupan irresistiblemente por ello, vivía solo en un suntuoso apartamento en Santa Teresita, un exclusivo sector de la sucursal del cielo. Desde su balcón podía sentirse más cerca del apodo citadino. Lucho le decían los más hipócritas, Luisito sus familiares, Papasito las masas y malparido sus colegas. Ferrara conducía un BMW Z4 gris, un automóvil que le permitía destacarse en los semáforos y en los parqueaderos públicos. No eran sus condiciones sociales y económicas lo único que lo distinguía, su intelecto no era despreciable, a su edad se había graduado en literatura y filosofía de la Universidad de los Andes y una maestría en Argentina con el ánimo de sentirle el aura a Borges. Regresó a Colombia porque extrañaba las empanadas y además la adulación extranjera no era la misma. Se desempeñó como profesor universitario dos años en Medellín para salir corriendo a Viena e iniciar su doctorado en Filosofía, tocó la tierra sabia de pensadores y artistas de siglos pasados, sin recordar a los Taitas de la tierra andina que lo vio abrir los ojos y llorar por primera vez. Pasaron cinco años de hinchazón neuronal, volviendo frondoso de conocimiento  y con la humildad de adorno. Lo entrevistaron en siete canales diferentes, apareció en revistas académicas y lo invitaron a casa de políticos, gerentes y terratenientes; no pasó mucho tiempo en dedicarse a escribir unos artículos especializados para llevarlos a un congreso latinoamericano, representando al país de la guacamaya Macao, el machete corta coca y el activismo semáforal.

Un martes invernal, viajaba en su arrogancia gris por la recta panamericana, el tacómetro tocaba casi los doscientos kilómetros por hora, de improvisto el motor no respondía a las órdenes del acelerador y comenzó a disminuir la potencia al punto que se detuvo, Ferrara logró ponerlo a un lado de la vía doble calzada, con cara de terror, como la expresada al ver la biblioteca de Alejandría consumirse en llamas, trató de prenderlo tres veces pero fue inútil, estaba en medio de la nada y no cargaba el celular por huirle al agite social. Recordó que unos kilómetros atrás vio rápidamente una caseta que parecía un montallantas salva salados, se bajó del automóvil y lo mojaron gotas enormes como el escupitajo de un gigante. Su sombrero gardeliano, su polo rojo cereza y el pantalón de lino italiano le quedaron ceñidos al cuerpo, al punto de confundirse con su piel. Caminó sin saber cuánto había recorrido o el tiempo transcurrido desde que había dejado a su patrimonio estacionado. Llegó a la caseta mugrosa y desordenada, con un color gris oscuro predominante, sacudió una campanilla en la entrada y vio una mujer con overol que se paraba de su silla, ella se acercó con una mirada confusa, parecía que veía más agua que hombre, él dio dos pasos y los ojos se le aguaron al sentir la solución como fragancia natural. Bajó su sombrero empapado de su cabeza y dejó ver su cabeza desnuda a la mujer, ella lo reconoció de inmediato y sin dejar espacio a la cordialidad, le dijo certeramente mientras sus manos las apretaba dentro de los bolsillos.


-     Fíjate como termina un hombre después de leer miles de páginas, viajar por el mundo en primera clase y sin el maquillaje de las sesiones de fotos, no importa el tamaño de tu cerebro o el reconocimiento mundial. Los carros seguirán varándose  y la lluvia mojará por igual a eruditos e ineptos.

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