Dos chácharas juntas, cogidas de
la mano. Una huía de la soledad mientras la otra sólo expresaba mierda. Eran
dos historias mal contadas, resbaladizas y desconocidas, un monumento al
desorden humano. Vivir el desquicio de los días era costumbre en la ciudad de
Dolores, el primer lugar donde asomaba el sol y el último en considerar la
libertad como una necesidad de sus pobladores. Eso ya no importaba, su
existencia radicaba en ser contradicción de otras existencias, ese era su único
fin y su boleto para la eternidad.
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