Su vida se pasó de sazón, sabe a
indiferencia cariñosa. A su pasar el hedor le otorgaba el beneficio de llevar a
rastras un desfile de miserables, condenados, desleales y demás seguidores de
la vergüenza. Aléjese ave de rapiña, para usted no hay nada guardado, hasta su
memoria huyó a la primera oportunidad. Déjenos gozar de su sacrificio, lagrimas
no le salen, el cabello le sofoca los sueños y la lengua le cuelga pesada e inservible.
Todas esas palabras eran percibidas por los dos únicos sentidos que le quedaban,
la vista y la audición. Su cuerpo era
una tumba con conciencia y movimientos descontrolados de parpados, ella era
silencio obligado, múltiples drogas convertidas en parálisis corporal. Gritaba con
sus cuerdas bucales en mute pidiendo que le otorgaran más tiempo a su
sufrimiento, en últimas eso había sentido toda la vida. Besos en su frente se
fueron acumulando como la sucesión de Fibonacci, marcando su partida innegable.
Movió los parpados por últimas vez y los miró fijamente buscando trasmitirles
su encono moribundo hasta que la sangre distorsionó las siluetas y luego la oscuridad
le embalsamó el cuerpo.
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