Llegué a su
ciudad, no era desconocida pero tampoco me llenaba de familiaridad al
recorrerla. Lo primero que vi al bajar del taxi fue una pareja; ambos discutían
por algún asunto reciente, ella le reclamaba su falta de actitud sobre una
situación particular, tal vez familiar. No me detuve y llamé desde el celular
para constatar que podía dirigirme al edificio donde ella estaría. No hubo
respuesta en la siguiente hora, tampoco era el primer encuentro fallido, lo
pensé un momento y si, posiblemente era la cuarta o quinta ocasión en que me
encontraba solo, volví en el tiempo y me ví al lado de una chica muy amable la cual me dejó por mi simpleza, todo parecía encajar con mi presente. El día que llegué me hospedé en un pequeño
hotel en la parte central de la ciudad ajena, era un lugar modesto para gente corriente,
lo demás podía ser muy ostentoso o muy concurrido para los fines de la
estancia. Salir a caminar para desarrollar una brújula interna fue lo mejor que
aprendí a desarrollar, ya era suficiente con estar solo, no era necesario
también sentirse desubicado.
Al cabo de
recorrer un poco más de 10 manzanas entré en un lugar donde sonaba un jazz de
fondo, luz tenue, pocas mesas y poca gente. Pedí la cerveza más fría sin
distinguir la casa cervecera, eso no importaba y tal vez en los dos días
siguientes no iba a cambiar. Pasaron al menos dos horas, seis cervezas y la
misma cantidad de cigarrillos hasta que un hombre se sentó en la mesa, dejé de
mirar el video en la pantalla plana del lugar, lo miré como esperando que el
asiento lo expulsara. Él sacudió su chaqueta negra y me dijo sin especular, se
nota que no eres de aquí, mucho menos que disfrutes estar en la mesa o la
ciudad ¿cuándo piensas marcharte? No era bueno para sorprenderme, sólo sostuve
la mirada fija en el cigarrillo que fumaba, luego de un instante contesté que
al acabar ese cigarrillo me iría, no me importaba hacer un amigo en un bar de
una ciudad sin sentido para mí, si quieres invertir tiempo en calentar esa
silla no te detendré, volví al silencio que había perdido un par de minutos
atrás. El intruso no movió un musculo después de escucharme, acabé el cigarrillo
y salí de nuevo a caminar; es increíble cómo la gente pierde rápidamente la
amabilidad, mientras volvía al hotel recordé las muchas veces que la gente
cambiaba gestual y verbalmente al darse cuenta que estaba tatuado, era como si
apareciera una etiqueta de peligro encima de mi cabeza, sentía que las personas
parecían cascabeles, las cuales al acercarme resonaban su cola para advertir a
quienes estaban a su alrededor de una presencia no deseada. Hasta ahora no
ocurría, igual andaba con un saco manga larga porque la noche era fría.
Al volver al
cuarto noté que en el celular había varios mensajes, sólo uno de ellos me
interesó, pertenecía a la mujer que vine a ver, en el describió detalladamente
los motivos de no contestar ni querer encontrarse conmigo, todo se leía así “Hoy no fui capaz de tocar la pantalla al
ver tu llamada, más allá de saber el largo viaje que has hecho, no me importó
en lo absoluto, me he dado cuenta que te gusta estar solo aunque parezca lo
contrario, eres una maldita queja ambulante con olor a café. No disfruto más de
verte vestido, desnudo, sonriendo o en silencio; basta de vos, espero que el
tiempo restante no lo pienses mucho, sólo sigue siendo lo que eres de donde
vienes, olvídate de todo lo pasado entre nosotros y ojalá no nos encontremos ni
de casualidad, gracias.” Ahora el pozo era hondo, una ciudad sin sentido,
un hotel corriente y un extraño haciendo amigos sin tener éxito, lo apunté en
una agenda por si alguna vez lo recordaba y brotaba de ello algo mejor; fumé un
cigarrillo aunque estuviera prohibido, cada bocanada de tabaco se convritió en mi consuelo, me convencí de lo leído, apagué el cigarrillo en la baranda del
balcón donde estaba apoyado y sentí que al mismo tiempo algo se apagó dentro de
mí, irse e irse, siempre sería así de ahora en adelante.