lunes, 20 de marzo de 2017

TOTE


Ese día llevaba el tote; un paso a la vez para verlo estallar. Caminaba cuesta arriba por la avenida principal del pueblo la cual debo abandonar un poco más adelante, avanzaba apretando el tote como si fuera mi más grande secreto, mi mano sudaba y la soplaba para refrescarla. Al llegar donde doña Tulia giré a la derecha, siempre miraba los 41 escalones que debía recorrer para pisar las calles de mi barrio, parecía un obstáculo diario para llegar a la casa. Salté en cada escalón apoyando los dos pies a la vez, al final me dolían demasiado las piernas pero era como entrar a un nuevo mundo, el barrio se llama Los Alpes, al final de cuentas, no podría tener mejor nombre. Al dar el último salto un ruido fuerte se escuchó a mí alrededor, un pito se prolongó en mis oídos haciendo confuso todo; inmediatamente sentí un ardor en mi mano izquierda, recordé cuán apretado llevaba el tote, al abrirla vi como la explosión de éste dejó una gran ampolla en la palma, cerca del dedo índice, era tan grande que no lograba cerrarla de nuevo. Corrí a casa gritando el nombre de mi madre como si fuera el antídoto para el dolor, cada grito producía otro dolor en mi garganta, grité tan fuerte que mi mamá salió a la puerta, preguntó lo que cualquier madre ¿Mijo qué le pasó? Yo no pude responder y sólo le mostré la mano hinchada, con una ampolla llena de sangre que ahora tenía un color más oscuro. Recordé la clase de ciencias naturales, visualicé la cara de mi profesora explicando la muerte celular, de pronto corté mi viaje académico al escuchar un “tome, tome, tome” al mismo tiempo que una chancla me generaba un tercer dolor en el área de las nalgas, mi mamá molesta decidió reprender antes de auxiliar. Desde ese día no volví a comprar totes, ya no me emociona su sonido, pero más importante es que ese día aprendí a pensar dos veces lo que hago y, si es necesario, contárselo a mi madre.

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