Nos dimos cuenta que nos conocíamos cuando asomaban nuestras presencias en circunstancias aquejosas, una llamada o un mensaje sin pedirlo como si el cuerpo tuviera la sensación de buscar al otro, aún da miedo sólo pensarlo. Alguna vez coincidimos en la salida de una universidad, caminamos por un buen tiempo sin rumbo; al pasar por un corredor de árboles me invitó a pisar las hojas secas, yo la miré comunicándole que no valía la pena y ella con un silencio sutil me respondió, déjese ser niño una vez más. Hoy ha vuelto a aparecer, no habla de extrañar, ni distancias, todo es simple y trivial. Pasó horas explicando que los meses ya son semanas, según ella el tiempo debe medirse en instantes. Al finalizar apretó mi mano y corrimos durante cinco minutos, la quinta, guayacanes, la brisa, ella. Nos detuvimos e inmediatamente ubicó su mano izquierda en mi pecho, en silencio de nuevo me dio indicaciones para hacer lo mismo en ella, sonrió y culminó diciendo: nunca dejemos de sentirnos vivos, ya fuimos niños y nuestros corazones laten muy rápido en este instante, en la próxima seremos inmortales.
Volvimos a encontrarnos, ella no era la misma, parecía que el tiempo había pasado por su piel tan afanosamente que había dejado profundas huellas, no sabía cómo ella me detallaba, mas supuse que encontraba el niño que había dejado. Me dolió mirarla, supe que había cambiado tanto que no encontraría los mismos pasos que en algún momento recorrimos juntos, ella es sola, yo soy con ella, le quería preguntar cómo lo hacía, pero simplemente exclame: ¿qué pasó? Ella, reconociendo lo obvio me respondió: ¡nada!, generosamente nos dejamos amontonar los deseos en llamadas y mensajes, decidimos en aquel instante haber apretado la mano y correr cinco minutos y habernos creído inmortales, asumiendo que eso era suficiente, como si todo bastara. Me miró, respiré profundamente como para no ahogarme en saudade por todo o nada, y decidimos continuar paralelos al tiempo, las razones y la entrecruzada de quereres.
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