Tres de la mañana, descalzo, algo
que no es costumbre y recuerdo lo sucedido en los últimos meses, la incomodidad
de sentir el frío de las baldosas, de tener que buscar un paño para limpiar
ambos pies antes de subirlos a la cama e intentar dormitar; ninguna de las
anteriores pudo convencerme de la incapacidad para dar pasos desnudos, de
reconocer cada rincón del espacio que habito, de aquellos donde mis huellas
puedan encontrar refugio que ya siendo las cuatro de la madrugada aún siguen
sin poder procesar el empalago de vivir. Salir a la calle para ver cómo el
mundo se sostiene de un delgado hilo, de ideas machacadas, más bien incrustadas
por un grupo de individuos, escultores, labriegos convencidos y convencidas del
camino correcto para patinar en este lodazal, despuntando al futuro con su
presente ciego, limitado y hasta extenuado que hoy se prolonga hacia mis pies
fríos todavía sin subir a la cama. Sentir la desnudez una vez más descubrió en
mí lo poco idóneo de mi ser ante el cúmulo de expectativas, necesidades y
pruebas de un mundo grotesco, ya resuelto ante los ojos pero al fin y al cabo
inacabado, de allí podría iniciar, inacabado era la palabra necesaria para
descifrar un destello ante la nubosidad. Ya en la cama de nuevo, había un éxtasis
que no posibilitaba el sueño, rondaba mi cabeza en forma de pregunta que se
respondía sola ¿Cómo se contiene al mundo en la cabeza sino es con el amor?
Cualquier otra alternativa será ubicarse delante de una represa construida con
palillos.
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