No salgo sin la bendición de la
yaya. Casi que puedo asegurar que el tiempo se cristaliza a las cinco de la
mañana, hora en la que las ánimas marcan tarjeta y dejan la labor a los
vivientes. El gallo toma posición de guerra matutina y con el cacareo alerta a
los que se sacuden el sueño o lo espantan con agua fría. Al mismo tiempo
algunos ocupan los andenes con botas de punta de platina, almuerzos sellados en
cuatro bolsas de plástico, con la preocupación en el morral y el recibo del agua
como consigna de inspiración. No hay tiempo para pensar, tanto el infierno
verde como el humo de la industria no dan espera ni tregua, si que menos una
compensación. Empieza el concierto de cierre de puertas y de pasos acelerados,
pasos intelectuales, obreros, deportivos, viajeros, pasos que hablan en vez de
la boca, para no dejar salir el poco calor que se retiene a esa hora, pasos color
sombra, pasos con fragancia a incertidumbre. Machetazo imaginario, grito de la
yaya desde la cocina y tan sólo deja salir la bendición de cada día, para
convertirme en uno más que cuenta su vida en el caminar.
martes, 27 de noviembre de 2012
jueves, 22 de noviembre de 2012
HIJUEPUTA
Su madre hijueputa. Esa fue la expresión
que la historia le dejó, el empeño sagrado de andar prostituyendo cuanta cristiana,
budista, vegana, blanca, amarilla o morena se le enganchaba al contestarle a alguien
de aquella forma. Desde el inicio fue un fracaso. Mamá, tía, abuela, papá,
abuelo, todos alrededor evitando vomitar palabras soeces. Pero fue el primo, dándoselas
de Cosiaca quien rompió el pacto. Machucón en el dedo y la hijueputiada se
convirtió en Himno Nacional de la República de Decencio, nombre ratificado por
el bautizo y al que el honor se le fue con cada conversión femenina oral, y hasta visual, no
ve que todo está en la forma de decirlo y la miradita. Así empezó a defender su
palabra favorita, que debería dividirse en tres para escribirla y pronunciarla,
pero a él le bastaba con mandarla de un sólo lengüetazo. De esas palabras que
al pronunciarse dejan caer una partícula de saliva blanca y espesa, que se exhibe con vehemencia. La palabra se
volvió costumbre, el acto era insoportable, el círculo familiar llevaba a cuestas
un manto gris, como si se tratara de una tristeza o una pena inmortal, todo se
resumía en vergüenza. Hasta que la matriarca no aguantó la desdicha y rompiendo
cualquier código moral o ético de años aplastados por el matrimonio, la
maternidad y las 8 cocinas en las que se curtió las manos. Se levantó de la mecedora
de su misma antigüedad y temple, y Con tono certero y profético pronunció la
condena, -típico y tapones pa´ taparle la boca a los respondones, silencio instantáneo,
y aquella boca jamás volvió a exclamar algo chabacano, su carrera delictiva, oral, feneció a los 9 años de edad.
La mujer estaba muy rolliza. Era
joven y hermosa, pero estaba entrada en carnes. Era curioso que una muchacha
guapa estuviera tan gorda. Mientras la seguía, no aparté los ojos de su cuello,
de sus brazos, de sus piernas. Su cuerpo era tan rechoncho como un montón de
silenciosa nieve caída a lo largo de la noche.
Siempre me siento algo perturbado
en presencia de una mujer joven, hermosa y gorda. Ni siquiera yo sé la razón.
Tal vez sea porque aflora espontáneamente a mi mente la imagen de sus hábitos alimenticios.
Al mirar a una mujer gorda, a mi cabeza acuden de manera automática la escena
donde mordisquea los crujientes berros de guarnición que le quedan en el plato o rebaña con pan, con gesto glotón, hasta la última gota de
crema de leche. No puedo evitarlo. Y cuando eso ocurre, la escena de la comida
va ocupando toda mi mente, igual que un ácido corroe el metal, hasta impedirle
cumplir cualquier otra función.
Si la mujer sólo está gorda, aún.
Una mujer que sólo sea obesa es como una nube en el cielo. Se limita a
permanecer allí, flotando, y me deja indiferente. Pero cuando la mujer es
joven, hermosa y gorda, la cosa cambia. Me siento impelido a adoptar cierta
actitud hacia ella. Vamos, que es posible que acabe acostándome con la chica. Y
yo diría que ahí reside la causa de mi turbación. Porque no es fácil acostarse
con una mujer cuando tu cabeza no funciona con normalidad. Eso no quiere decir
que aborrezca a las gordas. Una cosa es turbarse y otra muy distinta aborrecer.
Hasta el momento, me he acostado con algunas mujeres gordas, jóvenes y
hermosas, y la experiencia, en términos generales, no ha sido mala. Bien
conducida, la turbación puede dar unos hermosos frutos que de ordinario jamás
se obtendría. También puede salir mal, claro está. El acto sexual es algo muy
delicado, una cosa muy distinta a acercarse un domingo a unos grandes almacenes
a comprar un termo. Incluso entre mujeres jóvenes, hermosas y gordas por igual,
existen diferencias en cuanto al tipo de obesidad, y a mí hay un tipo de grasas
que me lleva por el buen camino y otro que me sume en una ligera confusión.
En este sentido, acostarme con
una mujer obesa es, para mí, un desafío. Porque las maneras de engordar de las
personas, al igual que las de morir, son innumerables.
EL FIN DEL MUNDO Y UN DESPIADADO
PAÍS DE LAS MARAVILLAS – HARUKI MURAKAMI.
jueves, 15 de noviembre de 2012
PICO PALA
No hubo nada más para decir
después del silencio, sólo era un viaje a Rusia sin tiquete de vuelta, un baile
colonial, una sonrisa, un bombillo pal frío y el alcohol para los orgasmos. Olor
a lloriqueo, ese mismo de las cejas al que nunca fuiste creyente, sólo creíste
en poder volar, en consumirte la realidad de un envión como aquel tequila de
sábado en la noche. Somos cicatrices del mundo, distinguidas por los ombligos,
como si se tratara de un código de barras, será que huimos o nos quedamos a ver
el espectáculo matutino de vernos envejecer, una pregunta más, hit a la cabeza
y la decisión salta de astro en astro esperando una palabra o movimiento
corporal que la masacre. Campanas de iglesia, cacareo de gallo, grito de vendedor
ambulante, bocina de Volkswagen escarabajo, ladrido de perro, sartén quemando
aceite y la turbina del avión se prende, es hora de partir, Rusia de pelo corto
aguarda la pisada de dos criollos, apúrate, deja de forma un triangulo en tu
nariz; pico pala, pico pala, pico pala, el piloto contó 9546 picos y yo me
ocupé de la misma cantidad de palas, mentes en desorden, beso corrosivo, azafata
con ojeras, y la tierra empezó a
alejarse.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

