No salgo sin la bendición de la
yaya. Casi que puedo asegurar que el tiempo se cristaliza a las cinco de la
mañana, hora en la que las ánimas marcan tarjeta y dejan la labor a los
vivientes. El gallo toma posición de guerra matutina y con el cacareo alerta a
los que se sacuden el sueño o lo espantan con agua fría. Al mismo tiempo
algunos ocupan los andenes con botas de punta de platina, almuerzos sellados en
cuatro bolsas de plástico, con la preocupación en el morral y el recibo del agua
como consigna de inspiración. No hay tiempo para pensar, tanto el infierno
verde como el humo de la industria no dan espera ni tregua, si que menos una
compensación. Empieza el concierto de cierre de puertas y de pasos acelerados,
pasos intelectuales, obreros, deportivos, viajeros, pasos que hablan en vez de
la boca, para no dejar salir el poco calor que se retiene a esa hora, pasos color
sombra, pasos con fragancia a incertidumbre. Machetazo imaginario, grito de la
yaya desde la cocina y tan sólo deja salir la bendición de cada día, para
convertirme en uno más que cuenta su vida en el caminar.
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