Sentado y con los pensamientos oliendo a incertidumbre, visualicé en el vidrio del urbano una marca de sudor dejada por alguien al recostarse, tal vez su día le pudo y no le quedó más remedio que aflojar su cuello, cerrar los ojos y dejar que la cabeza le danzara al ritmo del conductor y su volante. Pensé en su fatídico rostro, en los cocotazos que pudo propinarse y seguir durmiendo, parece una historia triste, salir de la casa pobre, llegar al trabajo y salir pobre, con sueño y de repeso la vida te golpea contra un vidrio. Ni más faltaba, póngale moñito y se lo lleva de obsequio, buen día miserable. Me alejé del vidrio y de esa idea al mismo tiempo, me concentré en el rock Psicodélico que expulsaban mis audífonos blancos, pero el fracaso fue rotundo al sentir como me empezaba a arder el brazo, culpa del sol que se colaba con buena intensidad por el vidrio.
Por esos días las estaciones no
se respetaban los límites y el sol se pasaba de constante durante el invierno,
y la lluvia al parecer se tomaba unas vacaciones para no amargarse el rato.
Recurrí al olvido y de forma extraña recordé su apellido, las incoherencias de
su cuerpo y las sonrisas que bautizaban los amaneceres. Pronuncié su nombre, y
al hacerlo las palabras se dotaron de olores, imagínese pronunciar el nombre de
algo y sentir como lentamente penetra en su nariz, como le bombardea su
interior y a la vez le recuerda que no está allí. Miré una vez más a través del
vidrio, moví mi aplastado trasero en el asiento de cuero con relleno de espuma,
que lo único que hacía era hacerme sudar la espalda, pero prefería eso a estar
calcinándome con las innumerables figurillas humanas que se dedicaban a
utilizar sus piernas. Dejé de preocuparme de lo que no podía cambiarse y en voz
baja me dije, el sol si se puede tapar con un dedo, buen día miserable.

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