jueves, 20 de diciembre de 2012

AJENO A LA LUZ








No comprendía lo que querían decir las luces traseras de los autos, esas pequeñas luces rojas alborotadas por toda la ciudad. Por un momento pensé que eran los ojos de cientos de demonios que me acechaban, tal vez no les gustó que me riera de su jefe, de la muerte o de no donar sangre. El taxi en el que viajaba me servía de refugio, pero el taxímetro cambió sus luces verdes claras por una rojas intensas, de inmediato sentí como el trasero me sudaba desconsoladamente. El alcohol consumido no sirvió ni para tener más coraje, estaba cagado del miedo. El sudor pasó de estar sólo en mis nalgas, se desparramaba por mi frente, entre mis dedos, creo que se puso hasta espeso. Ya no se trataba sólo del miedo o el sudor. Al querer hablarle al conductor del taxi, no hubo reacción alguna de este, será que había perdido el habla, el sonido, tal vez era sordo, todo era confusión con granos de angustia y gotitas de desespero. Miré de nuevo hacia el frente y los semáforos sólo destallaban una luz blanca y otra negra, y por encima de estos una neblina amarillenta, que parecía emanada de la boca de un ebrio, no me permitía divisar absolutamente nada. Por un momento me traicioné, cerré los ojos y busqué en mi interior ese espacio de tranquilidad o de paz que promete Coelho a sus lectores, pero no duró ni 5 segundos, y abrí de nuevo los ojos con tanta brusquedad y ligereza que estuvieron a punto de salirse. Al menos  cayeron dos pestañas y supe que la gravedad aún ejercía su profesión. Fue cuestión de tiempo y todo recobró su color, su sonido y su olor. El viaje lo clausuraron una placa con una dirección, los números del taxímetro de color verde claro, que formaban un 186. El taxista obturó un botón y apareció el costo del viaje, me rebusqué los billetes en los bolsillos como pude y se los pasé al señor canoso, que nunca me miró ni puso canción alguna. Pie izquierdo al suelo y luego el derecho, ya parado al frente de la puerta quise volver a viajar en aquel taxi, pero recordé lo violentas que se pusieron las luces y mejor busqué la oscuridad de un cuarto.

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