El hedor me seguía a todas
partes, me calaba las entrañas. No fue hace más de 5 años que me despertaba en
el mismo lugar, arropado con el mismo trapo amarillo. El mismo que guarda mi
gama de olores; pero este hedor no provenía de allí ni de mi ropa o mucho menos
de la basura de cada semana, estancada en un tarro blanco al fondo de la casa.
Aunque vivía cerca de una zona industrial, el smog no lograba asemejar tal
tufarada. Era como esa parodia de la nube que persigue a una persona y de ella
se desprende una lluvia incesante, en mi caso era un olor gélido y por ratos
imperceptible, aún así no dejaba de ser agobiante y molesto. Recordaba las
pocas veces que he entrado a un cementerio, y como su olor y silencio son igual
de particulares a esta desconocida incomodidad. Más bien volvió lo que era
ajeno a mi memoria, esa inconsistencia que he logrado en lo que hago, empecé a
contar las lágrimas desechadas por mis ojos cada tanto. Esta vez el olor se
hizo mucho más fuerte, salí a la calle y la gente se alejaba con expresiones de
desagrado, por lo menos comprobé que no era algo sólo mío. Ahora el olor era
público y nauseabundo. Mientras caminaba se me volvieron afables las miradas, y
me dispuse a acelerar el paso para llegar a un lugar desolado. Llegué a uno de
esos parques que reciben su nombre por ser arbolado y en donde se despliega el
ocio, pero este parque era la humareda de unas cuantas persona y los árboles se
contaban con los dedos de mis manos, hice caso omiso a lo especifico del lugar,
me posé delante del árbol más alto, y de repente el cielo despejado fue ocupado
por aleteos negros y picos carnívoros. El olor cobró sentido para mí, era mi
alma y el corazón descompuestos, no eran más que aperitivo para gallinazo.
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