jueves, 27 de diciembre de 2012

SORBETE ÍNTIMO





El hedor me seguía a todas partes, me calaba las entrañas. No fue hace más de 5 años que me despertaba en el mismo lugar, arropado con el mismo trapo amarillo. El mismo que guarda mi gama de olores; pero este hedor no provenía de allí ni de mi ropa o mucho menos de la basura de cada semana, estancada en un tarro blanco al fondo de la casa. Aunque vivía cerca de una zona industrial, el smog no lograba asemejar tal tufarada. Era como esa parodia de la nube que persigue a una persona y de ella se desprende una lluvia incesante, en mi caso era un olor gélido y por ratos imperceptible, aún así no dejaba de ser agobiante y molesto. Recordaba las pocas veces que he entrado a un cementerio, y como su olor y silencio son igual de particulares a esta desconocida incomodidad. Más bien volvió lo que era ajeno a mi memoria, esa inconsistencia que he logrado en lo que hago, empecé a contar las lágrimas desechadas por mis ojos cada tanto. Esta vez el olor se hizo mucho más fuerte, salí a la calle y la gente se alejaba con expresiones de desagrado, por lo menos comprobé que no era algo sólo mío. Ahora el olor era público y nauseabundo. Mientras caminaba se me volvieron afables las miradas, y me dispuse a acelerar el paso para llegar a un lugar desolado. Llegué a uno de esos parques que reciben su nombre por ser arbolado y en donde se despliega el ocio, pero este parque era la humareda de unas cuantas persona y los árboles se contaban con los dedos de mis manos, hice caso omiso a lo especifico del lugar, me posé delante del árbol más alto, y de repente el cielo despejado fue ocupado por aleteos negros y picos carnívoros. El olor cobró sentido para mí, era mi alma y el corazón descompuestos, no eran más que aperitivo para gallinazo.

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