jueves, 22 de noviembre de 2012

HIJUEPUTA



Su madre hijueputa. Esa fue la expresión que la historia le dejó, el empeño sagrado de andar prostituyendo cuanta cristiana, budista, vegana, blanca, amarilla o morena se le enganchaba al contestarle a alguien de aquella forma. Desde el inicio fue un fracaso. Mamá, tía, abuela, papá, abuelo, todos alrededor evitando vomitar palabras soeces. Pero fue el primo, dándoselas de Cosiaca quien rompió el pacto. Machucón en el dedo y la hijueputiada se convirtió en Himno Nacional de la República de Decencio, nombre ratificado por el bautizo y al que el honor se le fue con cada conversión femenina oral, y hasta visual, no ve que todo está en la forma de decirlo y la miradita. Así empezó a defender su palabra favorita, que debería dividirse en tres para escribirla y pronunciarla, pero a él le bastaba con mandarla de un sólo lengüetazo. De esas palabras que al pronunciarse dejan caer una partícula de saliva blanca y espesa, que se exhibe con vehemencia. La palabra se volvió costumbre, el acto era insoportable, el círculo familiar llevaba a cuestas un manto gris, como si se tratara de una tristeza o una pena inmortal, todo se resumía en vergüenza. Hasta que la matriarca no aguantó la desdicha y rompiendo cualquier código moral o ético de años aplastados por el matrimonio, la maternidad y las 8 cocinas en las que se curtió las manos. Se levantó de la mecedora de su misma antigüedad y temple, y Con tono certero y profético pronunció la condena, -típico y tapones pa´ taparle la boca a los respondones, silencio instantáneo, y aquella boca jamás volvió a exclamar algo chabacano, su carrera delictiva, oral,  feneció a los 9 años de edad.

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