Su madre hijueputa. Esa fue la expresión
que la historia le dejó, el empeño sagrado de andar prostituyendo cuanta cristiana,
budista, vegana, blanca, amarilla o morena se le enganchaba al contestarle a alguien
de aquella forma. Desde el inicio fue un fracaso. Mamá, tía, abuela, papá,
abuelo, todos alrededor evitando vomitar palabras soeces. Pero fue el primo, dándoselas
de Cosiaca quien rompió el pacto. Machucón en el dedo y la hijueputiada se
convirtió en Himno Nacional de la República de Decencio, nombre ratificado por
el bautizo y al que el honor se le fue con cada conversión femenina oral, y hasta visual, no
ve que todo está en la forma de decirlo y la miradita. Así empezó a defender su
palabra favorita, que debería dividirse en tres para escribirla y pronunciarla,
pero a él le bastaba con mandarla de un sólo lengüetazo. De esas palabras que
al pronunciarse dejan caer una partícula de saliva blanca y espesa, que se exhibe con vehemencia. La palabra se
volvió costumbre, el acto era insoportable, el círculo familiar llevaba a cuestas
un manto gris, como si se tratara de una tristeza o una pena inmortal, todo se
resumía en vergüenza. Hasta que la matriarca no aguantó la desdicha y rompiendo
cualquier código moral o ético de años aplastados por el matrimonio, la
maternidad y las 8 cocinas en las que se curtió las manos. Se levantó de la mecedora
de su misma antigüedad y temple, y Con tono certero y profético pronunció la
condena, -típico y tapones pa´ taparle la boca a los respondones, silencio instantáneo,
y aquella boca jamás volvió a exclamar algo chabacano, su carrera delictiva, oral, feneció a los 9 años de edad.
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