El hedor me seguía a todas
partes, me calaba las entrañas. No fue hace más de 5 años que me despertaba en
el mismo lugar, arropado con el mismo trapo amarillo. El mismo que guarda mi
gama de olores; pero este hedor no provenía de allí ni de mi ropa o mucho menos
de la basura de cada semana, estancada en un tarro blanco al fondo de la casa.
Aunque vivía cerca de una zona industrial, el smog no lograba asemejar tal
tufarada. Era como esa parodia de la nube que persigue a una persona y de ella
se desprende una lluvia incesante, en mi caso era un olor gélido y por ratos
imperceptible, aún así no dejaba de ser agobiante y molesto. Recordaba las
pocas veces que he entrado a un cementerio, y como su olor y silencio son igual
de particulares a esta desconocida incomodidad. Más bien volvió lo que era
ajeno a mi memoria, esa inconsistencia que he logrado en lo que hago, empecé a
contar las lágrimas desechadas por mis ojos cada tanto. Esta vez el olor se
hizo mucho más fuerte, salí a la calle y la gente se alejaba con expresiones de
desagrado, por lo menos comprobé que no era algo sólo mío. Ahora el olor era
público y nauseabundo. Mientras caminaba se me volvieron afables las miradas, y
me dispuse a acelerar el paso para llegar a un lugar desolado. Llegué a uno de
esos parques que reciben su nombre por ser arbolado y en donde se despliega el
ocio, pero este parque era la humareda de unas cuantas persona y los árboles se
contaban con los dedos de mis manos, hice caso omiso a lo especifico del lugar,
me posé delante del árbol más alto, y de repente el cielo despejado fue ocupado
por aleteos negros y picos carnívoros. El olor cobró sentido para mí, era mi
alma y el corazón descompuestos, no eran más que aperitivo para gallinazo.
jueves, 27 de diciembre de 2012
jueves, 20 de diciembre de 2012
AJENO A LA LUZ
No comprendía lo que querían
decir las luces traseras de los autos, esas pequeñas luces rojas alborotadas
por toda la ciudad. Por un momento pensé que eran los ojos de cientos de
demonios que me acechaban, tal vez no les gustó que me riera de su jefe, de la
muerte o de no donar sangre. El taxi en el que viajaba me servía de refugio,
pero el taxímetro cambió sus luces verdes claras por una rojas intensas, de
inmediato sentí como el trasero me sudaba desconsoladamente. El alcohol
consumido no sirvió ni para tener más coraje, estaba cagado del miedo. El sudor
pasó de estar sólo en mis nalgas, se desparramaba por mi frente, entre mis
dedos, creo que se puso hasta espeso. Ya no se trataba sólo del miedo o el
sudor. Al querer hablarle al conductor del taxi, no hubo reacción alguna de
este, será que había perdido el habla, el sonido, tal vez era sordo, todo era
confusión con granos de angustia y gotitas de desespero. Miré de nuevo hacia el
frente y los semáforos sólo destallaban una luz blanca y otra negra, y por
encima de estos una neblina amarillenta, que parecía emanada de la boca de un
ebrio, no me permitía divisar absolutamente nada. Por un momento me traicioné,
cerré los ojos y busqué en mi interior ese espacio de tranquilidad o de paz que
promete Coelho a sus lectores, pero no duró ni 5 segundos, y abrí de nuevo los
ojos con tanta brusquedad y ligereza que estuvieron a punto de salirse. Al
menos cayeron dos pestañas y supe que la
gravedad aún ejercía su profesión. Fue cuestión de tiempo y todo recobró su
color, su sonido y su olor. El viaje lo clausuraron una placa con una dirección,
los números del taxímetro de color verde claro, que formaban un 186. El taxista
obturó un botón y apareció el costo del viaje, me rebusqué los billetes en los
bolsillos como pude y se los pasé al señor canoso, que nunca me miró ni puso
canción alguna. Pie izquierdo al suelo y luego el derecho, ya parado al frente
de la puerta quise volver a viajar en aquel taxi, pero recordé lo violentas que
se pusieron las luces y mejor busqué la oscuridad de un cuarto.
viernes, 14 de diciembre de 2012
BUENOS DÍAS
Sentado y con los pensamientos oliendo a incertidumbre, visualicé en el vidrio del urbano una marca de sudor dejada por alguien al recostarse, tal vez su día le pudo y no le quedó más remedio que aflojar su cuello, cerrar los ojos y dejar que la cabeza le danzara al ritmo del conductor y su volante. Pensé en su fatídico rostro, en los cocotazos que pudo propinarse y seguir durmiendo, parece una historia triste, salir de la casa pobre, llegar al trabajo y salir pobre, con sueño y de repeso la vida te golpea contra un vidrio. Ni más faltaba, póngale moñito y se lo lleva de obsequio, buen día miserable. Me alejé del vidrio y de esa idea al mismo tiempo, me concentré en el rock Psicodélico que expulsaban mis audífonos blancos, pero el fracaso fue rotundo al sentir como me empezaba a arder el brazo, culpa del sol que se colaba con buena intensidad por el vidrio.
Por esos días las estaciones no
se respetaban los límites y el sol se pasaba de constante durante el invierno,
y la lluvia al parecer se tomaba unas vacaciones para no amargarse el rato.
Recurrí al olvido y de forma extraña recordé su apellido, las incoherencias de
su cuerpo y las sonrisas que bautizaban los amaneceres. Pronuncié su nombre, y
al hacerlo las palabras se dotaron de olores, imagínese pronunciar el nombre de
algo y sentir como lentamente penetra en su nariz, como le bombardea su
interior y a la vez le recuerda que no está allí. Miré una vez más a través del
vidrio, moví mi aplastado trasero en el asiento de cuero con relleno de espuma,
que lo único que hacía era hacerme sudar la espalda, pero prefería eso a estar
calcinándome con las innumerables figurillas humanas que se dedicaban a
utilizar sus piernas. Dejé de preocuparme de lo que no podía cambiarse y en voz
baja me dije, el sol si se puede tapar con un dedo, buen día miserable.
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