Él no se avergonzó por haber invadido nueve meses a esa
mujer, se acomodó y adaptó a un mundo acuático, pero innecesariamente ella lo
expulsó, lo negó y arrancó de sí ¿Cuánto dolor vivieron?, por el malestar de
desinflarse como madre y expandir el diafragma como hijo, siendo esta la
bienvenida a la existencia. Hoy se celebra el dolor inmutable de dos seres;
ahora, ella se encuentra sonriendo por el pasar del tiempo y recuerda un
segundo dolor causado por otro y en otro. Él maldice su existencia rutinaria en
la ambivalencia de amar a quien dolorosamente lo expulsó, siendo este la mayor
benevolencia de lo natural. Le dicen cada año “bienvenido”, entonces él le
sonríe al mimetismo anual de lo social y vuelve a comenzar, no como ser natural
o prolongación de otro, sino como el ser deseoso de recordar el placer del agua
como territorio propio e inmediato, y la levitación colonizada en otra mujer.
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