Una mesa larga, de madera
prehistórica rayada por la mediocridad de las masas, el desparpajo de
intelectuales y quedados. Ahí estábamos cuatro lápices desapacibles,
imperfectos, y caprichosos; de izquierda a derecha los describiré para que no
quepa duda de su diferencia aunque su madera y mina sirvan para lo mismo. Al
extremo izquierdo de la mesa se encuentra la primera de la cuenta, la cual no
milita en ese pensamiento “desafiante”, debe su tronco blanco al maguey del que
salió, su borrador suave, desaparece con serenidad cuanta barbaridad se
escribe; preguntona indómita de caligrafía fresca. El siguiente lápiz está
hecho de bambú, sinónima de somnolencia, de borrador grande para no dejar de
recordar que su inteligencia no le cabe en la base, lápiz de mina gruesa y con
escritura dispareja. El tercer lápiz se distingue por su color oscuro, el palo
de sangre que le dio forma a su cintura también lo hizo con su mina y borrador
rojo, los cuales utiliza para eliminar las dudas e incertidumbres, prediciendo con
encanto y espontaneidad la línea de vida de quien le empuña. Por último está el
lápiz gris, su madera fue extraída de un árbol muerto, su mina es gruesa, de
trazos controvertidos e imprudentes, gestor de rabietas y borrador de
esperanzas. Lápices innecesarios, de madera transitoria, cuatro creadores
esperando su devenir, sacapuntas.
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