Le vi venir entre las tinieblas,
como la lucecita vista por quienes se suspenden entre la vida y la muerte por
unos segundos. Era un alguien con olor a pasado, con el cabello diferente para
sorprender mis ojos; sosteniendo entre sus labios las palabras justas para deshacer
el hormigón de dos oídos fugitivos. Quisiera declararle la guerra a su
presencia peregrina, ocultarla donde fueron a dar los recuerdos lactantes;
juguemos a las escondidas por los continentes, usted cuenta con los ojos
vendados bajo un samán en Maracay, y yo busco refugio en un iglú, así no siente
el calor de mi cuerpo ni el rastro de mi respiración volcánica. Basta, camine
hacia atrás y espere la caída, no seremos más que alguien, no necesitamos una
llamada ronca en la madrugada, no deseamos un cuerpo al lado dando calor de más.
Sólo restamos en vez de multiplicar, corramos en direcciones contrarias hasta
que uno de los dos corazones se detenga primero, será el periquete indicado
para vernos de nuevo y decirnos, menos mal existió.
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