Arrojaba su presente al aire, las
canas volaban al lado de los bolos verdes ante un desfile de automóviles,
llenos de humanos caritativos y otros no tanto. Flexionaba sus piernas y
agitaba sus brazos desafiando la osteoporosis, danzaba ante la decadencia de
sus caderas y coordinaba con la misma
precisión de un reloj antiguo. Cada persona que le observaba encorvado debajo
del comandante tricolor, entreabría la boca y sus miradas parecían contemplar
una presencia inefable. Las manos pecosas y arrugadas fueron atrapando uno a
uno los bolos, terminando el show número veintitrés de la noche, pasó lentamente
al lado de cada carro con un sombrero gris desgastado, en el que arrojaban
monedas y billetes de diferente valor. No le importaba el dinero, todo era un
ritual para anestesiar la vejez, recordaba los cientos de lugares conocidos,
las personas que llenaron de aventura su andar y las pérdidas evitables e
inevitables. Caminó de nuevo hacia su casa, poco antes de llegar se acercó a
unos arbustos frondosos que escondían un saco y un pantalón largo de lino,
entró a su casa saludando a su también añeja compañera. Le preguntaron dónde
había estado, precisando solamente que la noche y el vino son el elixir de la
juventud. Somos demasiado viejos para dar explicaciones, así decía don Arcesio cuando atendiendo la botica del barrio, su esposa le preguntaba por algo que no
se había pagado; él la miraba con perspicacia para detenerla con ese
argumento, luego me miraba, me entregaba mi pedido y sobándome la cabeza esbozaba
una sonrisa futurista, joven aún, pronto lo entenderás.
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