Hablábamos de la novia de Chucho,
Daniela era la más linda del colegio. Su falda agudizaba nuestra precocidad, la
risa inundaba la esquina de la sexta con catorce, Recuerdo que Tulio llevaba
como cuatro años con el pelo largo, a veces pasaba en cicla, le silbábamos y le
gritábamos piropos para hacerlo enojar. Rigo andaba todo el tiempo vestido de
negro, ni el sofocante sol de Julio le hacían dejar su oscuridad en casa, decía
que reflejaba su alma. Yo era la güeva del parche, el amigo femenino, él de la
mamá que cocina rico y quien hacia las tareas para dar copia. Ese día los
perros de la cuadra no ladraron, el viento estaba pesado, como si nos enviara
una mala señal, pero la esquina nos acogió de la misma forma. Ocho nalgas en
mueble de cemento, no había tema de conversa, aún así la casa no era una opción
para pasar el resto del día. Escuchamos el freno en seco de un camión blanco de
la marca Isuzu, con una cubierta negra que no dejaba ver lo que transportaba. Mirábamos
atentamente el camión, mientras unas
suelas negras tocaban tierra, asomaron siete hombres vestidos de verde bosque
abandonado, con fusiles silenciosos en las manos. Tres putiadas a cada uno,
recostados a la pared con los pies separados involuntariamente, mientras una
mano hacía lo que algún día soñé que me haría Daniela. Sólo escuchamos tres órdenes,
dígame su nombre, dígame su edad, ¿Tiene
libreta militar? No eran simples imperativos, eran los motivos para hoy estar
lejos de la madre que cocina rico, la falda de mis sueños y la esquina huérfana.
Sostengo entre mis manos un ejecutador negro, mi estilo se volvió la calvicie
preferida del zancudo y una hombría impuesta desde las cinco de la mañana. Soy
nación, soy olvido, soy la cuota de una recogida; uniformado color soberanía.
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