miércoles, 19 de marzo de 2014

LA RECOGIDA




Hablábamos de la novia de Chucho, Daniela era la más linda del colegio. Su falda agudizaba nuestra precocidad, la risa inundaba la esquina de la sexta con catorce, Recuerdo que Tulio llevaba como cuatro años con el pelo largo, a veces pasaba en cicla, le silbábamos y le gritábamos piropos para hacerlo enojar. Rigo andaba todo el tiempo vestido de negro, ni el sofocante sol de Julio le hacían dejar su oscuridad en casa, decía que reflejaba su alma. Yo era la güeva del parche, el amigo femenino, él de la mamá que cocina rico y quien hacia las tareas para dar copia. Ese día los perros de la cuadra no ladraron, el viento estaba pesado, como si nos enviara una mala señal, pero la esquina nos acogió de la misma forma. Ocho nalgas en mueble de cemento, no había tema de conversa, aún así la casa no era una opción para pasar el resto del día. Escuchamos el freno en seco de un camión blanco de la marca Isuzu, con una cubierta negra que no dejaba ver lo que transportaba. Mirábamos atentamente  el camión, mientras unas suelas negras tocaban tierra, asomaron siete hombres vestidos de verde bosque abandonado, con fusiles silenciosos en las manos. Tres putiadas a cada uno, recostados a la pared con los pies separados involuntariamente, mientras una mano hacía lo que algún día soñé que me haría Daniela. Sólo escuchamos tres órdenes,  dígame su nombre, dígame su edad, ¿Tiene libreta militar? No eran simples imperativos, eran los motivos para hoy estar lejos de la madre que cocina rico, la falda de mis sueños y la esquina huérfana. Sostengo entre mis manos un ejecutador negro, mi estilo se volvió la calvicie preferida del zancudo y una hombría impuesta desde las cinco de la mañana. Soy nación, soy olvido, soy la cuota de una recogida; uniformado color soberanía.

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