Las cosas raras no existen,
existe el desconocimiento universal, como creer que sólo hay globos de hule. Corre
el rumor en el litoral pacífico, a unos cuantos minutos del mar, hubo un caserío
donde sus habitantes eran muy violentos y violentas; es como si el aire que
respiraban estuviera putrefacto, no les bastaba con el sol naciente que hacia
vibrar la naturaleza, brindándoles más de lo que necesitaban. Allí mismo vivía
un negro, el negro más bajo jamás visto, de facciones rudimentarias; sus
dientes brillaban como ojos de enamorado o con la intensidad de un diamante
bajo la luz solar. Emalgemio había perdido la cuenta de sus años, su figura
encorvada lo proyectaba hacia el piso, como si fuera un llamado de la tierra para cerrar un ciclo, comía lo que la
naturaleza le proveía y hablaba menos que un autista. Una tarde de Mayo, una de
esas que el cielo parece incendiarse, pero en vez de dar calor le da paso a la
frescura de la noche. La penumbra cobijó
el caserío, a la vez que se desataba un enfrentamiento sangriento entre las
cinco numerosas familias que habitaban el lugar, la tierra no era más unión,
era el motivo por el que la piel no parecía del mismo color. Emalgemio vivía alejado de las más de trescientas bocas gruesas del caserío, prefería la tranquilidad
del manglar, el trepar de los reptiles o el repiqueteo de sus uñas sobre la
madera húmeda, que soportar una sola vulgaridad humana. Esa noche la selva se estremeció,
la peinilla penetró la carne amiga, la palabra se volvió grito y el fuego
consumió las débiles casas. Bastaron veinticuatro horas de furia ancestral, de
olor a carne humana quemada y de sudor con aroma a alquitrán, para que el
cansancio gobernara los cuerpos vivientes, en ese preciso momento se vio la
figura de Emalgemio descender entre las plantas quemadas y pisoteadas, se ubicó
en un morro conformado por humanos sin vida, mientras los sobrevivientes miraban
fijamente su pequeña existencia donar al mundo un aura de tranquilidad, el
negro más bajo jamás visto abrió su boca lo más que pudo y empezó a inhalar con
la fuerza de un huracán. Los rostros hinchados de tanto llorar, las manos callosas
de empuñar la muerte, el cansancio de las niñas por huir con los más pequeños cargados
a sus espaldas y el deprimente estado de la fauna y la flora; fueron
desapareciendo, recobrando sus semblantes pacíficos de tiempos antiguos. La
gente impactada por el suceso dirigieron sus miradas hacia Emalgemio, quien ya
no poseía una pequeña figura, increíblemente estaba hinchado como un globo, su
piel estaba tensa formando un semicírculo negro con unos cuantos harapos
colgando de si, su inhalación sobrenatural consumió cualquier indicio de violencia
o destrucción del caserío, produciéndole tal inflamación. Emalgemio empezó a elevarse
entre las sonrisas gigantes, hasta que el cuerpo no resistió y estalló
fuertemente como si el universo hubiese hecho un nuevo Bing Bang. Cuentan en el
litoral pacífico que ese día producto de la desaparición de Emalgemio entre las
nubes amarillas, nació el arco iris, recordando que la diferencia sólo crea
belleza.
La diferencia sólo crea belleza.
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