Quién dijo que somos algo, somos
la división que termina en cero. Cero minúsculo, abierto y cerrado, círculo
insignificante, metedero de los que se sientan a la izquierda. Métanme debajo de una roca,
necesito la compañía de un cien pies, por lo menos escucharé cien veces sus
pasos, cien veces que se va, cien veces que llegó. Sácame con encomios, pero apenas
me veas sonreír saque la palmada y devuélvame a la realidad. Salto atrás pero
mirando hacia adelante, sólo para darme cuenta de que retrocediendo se sigue
viendo el horizonte, una línea fina que nunca se alcanza, no es un secreto,
recuerde que hace poco tan sólo te movías dentro de otro humano y tu conexión
con lo que no debiste conocer, era un cordón que luego en manos de un especialista
determinaría el aspecto de nuestro ombligo, bonita gracia, recién nacidos y ya manoseados.
No recuerdo a ninguna mujer por
sus rasgos físicos o momentos venerables, me dedico a resumirlas en imágenes
indecentes y frases corrientes, para no perder su presencia en la exaltación ni
tampoco desvanecerlas en nimiedades. Anastasia, pulcra impertinente; Julia,
cachorrita insolente; Martina, bullita sonriente; Virginia, olvido sensual e
incoherente; Fernanda, lenguaraz taciturna; Sofía, iceberg perdido; Laura,
fortuna solitaria; Tina, decisión unánime; Carolina, discurso retorcido;
Leticia, figurita de circo; Valentina, sueño diurno; Pilar, tristeza con
helado; Claudia, nube de masmelo; Rebeca, letargos enanos; Sari, pecado
insoportable; Tati, colorín colorado y Ximena, engaño mediático. La
prolongación de la lista no es más que la explicación redundante de mi personalidad,
cada adición mata una célula, descompone un tejido, me tumba diez cabellos, me
llorosean los ojos, me rifan el alma, se me despigmenta la piel, aumentan las
probabilidades de un ataque cardiaco, pierdo intelecto y se me chupan la
imaginación; quien iba a creer que el tiempo de las armas biológicas no
corresponde a la actualidad.
Canas pervertidas, ojos con
catarata, cejas pobladas y enroscadas por la terquedad; un manojo de arrugas
que evidencian historias a medio contar, alimentadas por centenares de noches en
donde el desquite verbal disimula lo que yace muerto entre los pantalones. Quedan
seis palomas de las nueve que adornaban la esquina de la carrera quinta con
treinta y cuatro, dos son gordas, meticulosas y embusteras, sentadas en sus
sillas mecedoras se deleitaban contando como dos mil mujeres secaron sus
reservas viriles, dejándolos únicamente habilitados para orinar. La más joven
se dedicaba a reírse de los chistes coloridos de sus compañeros de muerte, toda
su vida había carecido de contacto consigo mismo, al punto de que nunca supo
qué era la intimidad. La siguiente era reconocida por ser elocuente, elegante y
esquizofrénica, triple E estallaba en conversaciones prolongadas y
deslumbrantes, las demás palomas se quedaban inmóviles por sus palabras
convincentes, pero alguna rompía la trama con un comentario o acto soez, triple
E nunca se atrevió a llevarle la contraria a su hemisferio cerebral científico
y durmió su sexo en la más profunda de las latencias. La penúltima era veterana
de guerra, le entregó a su patria veintiocho
cabezas salvajes y comunistas, ocho laboratorios de cocaína destruidos,
dos civiles rescatados y quince compañeros muertos en combate; faltándole unos
meses para su retiro, ya a los 45 años,
una mina lo privó de su pierna derecha y
del mazo que pensaba utilizar con más frecuencia, ya que las serpientes, los pájaros y algunos
cuadrúpedos no eran parte de sus gustos carnales. A la sexta paloma no le
faltaba la voluntad, tenías todas sus extremidades, los dos hemisferios Vivían en armonía, pero desde que nació, una rara enfermedad afectó su capacidad de
endurecer su masculinidad, su vida entera la pasó ocupándose en pequeñas
actividades, en las que posaba el olvido de su desgracia, ya iban 13 años de
sesiones nocturnas, en las que el aceite caliente fritaba diferentes aperitivos
para que las ulceras no se expanda en esas barrigas escurridas y alimentara las
palomas caídas y sus descabelladas existencias.
Lo único que irrumpía la
serenidad de la noche era la comunicación de los cuervos, su presencia oscura
se confundía con los ojos de Esperanza. Mujer esbelta, con los cabellos
fúnebres que besan su cintura, el cual tinturó de rojo encendido para darle más
color a su delicada portada y un par de ojeras tono ceniza como sombras
permanentes de sus ojos. Esperanza se contradecía no más con pronunciar su
nombre al presentarse a la humanidad, su sonrisa enmarcaba la solemnidad de la
pasión, el pestañeo anunciaba el peligro de sus labios, que luego ratifica con
todo su cuerpo al congeniar con un calor ajeno. Los hombres cobardes,
mujeriegos, decentes, controladores, religiosos, incrédulos, pedantes, y
aquellos que ni caben dentro de una categoría se descalcificaban siguiéndole el
rastro a su cintura; cada uno de ellos coincidía en dos cosas, la primera era
perder la noción de vivir y la segunda consistía en morir de infinitas formas a
las 10:50 de la noche, cada jueves en el mismo cuarto, ante el mismo cuerpo que
los ve escurrir la sangría de la existencia. Esperanza cree en los latidos de
los corazones en su mano, en la pureza de los rostros pálidos y la suavidad de
las manos adornadas de venas obsoletas, y sin ningún secreto que albergar. La
pila de cuerpos le daba el calor que necesita para sus sueños, en los que
planea el siguiente derroche de tripas, vertebras y sonidos salvajes.