lunes, 4 de febrero de 2013

ESPERANZA





Lo único que irrumpía la serenidad de la noche era la comunicación de los cuervos, su presencia oscura se confundía con los ojos de Esperanza. Mujer esbelta, con los cabellos fúnebres que besan su cintura, el cual tinturó de rojo encendido para darle más color a su delicada portada y un par de ojeras tono ceniza como sombras permanentes de sus ojos. Esperanza se contradecía no más con pronunciar su nombre al presentarse a la humanidad, su sonrisa enmarcaba la solemnidad de la pasión, el pestañeo anunciaba el peligro de sus labios, que luego ratifica con todo su cuerpo al congeniar con un calor ajeno. Los hombres cobardes, mujeriegos, decentes, controladores, religiosos, incrédulos, pedantes, y aquellos que ni caben dentro de una categoría se descalcificaban siguiéndole el rastro a su cintura; cada uno de ellos coincidía en dos cosas, la primera era perder la noción de vivir y la segunda consistía en morir de infinitas formas a las 10:50 de la noche, cada jueves en el mismo cuarto, ante el mismo cuerpo que los ve escurrir la sangría de la existencia. Esperanza cree en los latidos de los corazones en su mano, en la pureza de los rostros pálidos y la suavidad de las manos adornadas de venas obsoletas, y sin ningún secreto que albergar. La pila de cuerpos le daba el calor que necesita para sus sueños, en los que planea el siguiente derroche de tripas, vertebras y sonidos salvajes.

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