Lo único que irrumpía la
serenidad de la noche era la comunicación de los cuervos, su presencia oscura
se confundía con los ojos de Esperanza. Mujer esbelta, con los cabellos
fúnebres que besan su cintura, el cual tinturó de rojo encendido para darle más
color a su delicada portada y un par de ojeras tono ceniza como sombras
permanentes de sus ojos. Esperanza se contradecía no más con pronunciar su
nombre al presentarse a la humanidad, su sonrisa enmarcaba la solemnidad de la
pasión, el pestañeo anunciaba el peligro de sus labios, que luego ratifica con
todo su cuerpo al congeniar con un calor ajeno. Los hombres cobardes,
mujeriegos, decentes, controladores, religiosos, incrédulos, pedantes, y
aquellos que ni caben dentro de una categoría se descalcificaban siguiéndole el
rastro a su cintura; cada uno de ellos coincidía en dos cosas, la primera era
perder la noción de vivir y la segunda consistía en morir de infinitas formas a
las 10:50 de la noche, cada jueves en el mismo cuarto, ante el mismo cuerpo que
los ve escurrir la sangría de la existencia. Esperanza cree en los latidos de
los corazones en su mano, en la pureza de los rostros pálidos y la suavidad de
las manos adornadas de venas obsoletas, y sin ningún secreto que albergar. La
pila de cuerpos le daba el calor que necesita para sus sueños, en los que
planea el siguiente derroche de tripas, vertebras y sonidos salvajes.
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