Contemplaba las sonrisas de los
niños al soltarse de la rueda humana, forjada por las manos de cada uno de
ellos, el perro que saltaba detrás de su juguete de turno o los ancianos doblados
por el tiempo y la gravedad, que se aferraban entre ellos para descender el andén
de una casa tan desgastada como sus dueños. Las pequeñas cosas se agudizaron y
cada una iba contando una historia ante la indiferencia de los presentes, la
complacencia de los enamorados en sus danzas gestuales y vocales, se trata de
una guerra simbólica donde los dos pierden el alma, las cuales se escabullen
entre las hojas de los arboles expulsando risotadas lascivas. La niña miraba a
su padre desconsolada porque una hormiga le causó una roncha rojiza, mientras
él tan sólo le dedicó una cura verbal
-no pasó nada-, pero su foco mental era la chica delgada quien imitaba perfectamente
la figura de un maniquí, esa figura robaba toda la atención paternal que fue
clausurada con un lloriqueo estruendoso. Sentado en la esquina del parque, un
hombre descarga su tristeza y el hambre en los golpes que se da en el pecho,
cómo si le rogara a su divinidad preferida la piedad, pero no descifré si la
pedía para que alguien lo notara y decidiera ayudarlo o lo borrara de una vez por todas del mundo, al
fin y al cabo la dignidad la traía en una mochila mal oliente y el desespero lo
amenazaba con degollarlo. Un par de jóvenes entrados en la época en la que se
convierte una mujer, en una trapecista sensual que les cumple en su imaginación
cada posición vista en el Kama Sutra, pero que en realidad se calmará con un
aleteo veloz. Destilé cuidadosamente muchas cosas a mi paso, pero empecé a
complicarme hasta al caminar, cerré los ojos y visualicé todo en proporciones familiares,
al punto de que las huellas diminutas de las hormigas se asemejaban a las de un
humano.

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