viernes, 25 de enero de 2013

PERDEDOR






Ese debió ser mi nombre desde el momento en que se fecundó el óvulo, una derrota biológica con un complejo sistema de nervios y con la necesidad instintiva de andar detrás, delante o al lado de millones de errores con las mismas características. Descubrí como me arrebataban la cálida sensación de succionar un seno, después se ensañaron con mi inocencia, meticulosamente fueron carcomiendo lo poco que llegaba a ser en uno o dos años. Los conocimientos me los embutían en jornadas de seis a ocho horas, con la finalidad de hacerme infeliz, de quitarme la sorpresa de lo que desmantelaba con mis sentidos. Cada día se repetían las negociaciones, plato de comida y se achacaba un comportamiento pisoteándolo con otro correcto, un afecto entregado y no había devuelta, fui quedando gris para ver si me distinguía. Apelaba a cuanto recurso repulsivo podía llevarme a conservarme, sin que me fuera guillotinado por una mirada o una opinión y no obtuve sino el desempleo y la soledad, quise brindar mi virginidad a un cuerpo célibe pero la pulvericé con unos cuantos billetes en el bolsillo y dentro de un lugar donde el anuncio engañaba a los cristianos nocturnos. Como el desempleo no lo controlaba, ante la soledad lo único que hice fue amenazarla con dejarla algún día, pero cientos de días murieron sin velorio, la promesa se fue añejando para convertirse en una frase insulsa, enfrascada en un ataúd, que a su vez le reforzaron la seguridad en una bóveda gélida, como si fuera a huir de ahí el sonido de mi apodo.

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