Ese debió ser mi nombre desde el
momento en que se fecundó el óvulo, una derrota biológica con un complejo
sistema de nervios y con la necesidad instintiva de andar detrás, delante o al
lado de millones de errores con las mismas características. Descubrí como me
arrebataban la cálida sensación de succionar un seno, después se ensañaron con
mi inocencia, meticulosamente fueron carcomiendo lo poco que llegaba a ser en
uno o dos años. Los conocimientos me los embutían en jornadas de seis a ocho
horas, con la finalidad de hacerme infeliz, de quitarme la sorpresa de lo que
desmantelaba con mis sentidos. Cada día se repetían las negociaciones, plato de
comida y se achacaba un comportamiento pisoteándolo con otro correcto, un
afecto entregado y no había devuelta, fui quedando gris para ver si me
distinguía. Apelaba a cuanto recurso repulsivo podía llevarme a conservarme,
sin que me fuera guillotinado por una mirada o una opinión y no obtuve sino el
desempleo y la soledad, quise brindar mi virginidad a un cuerpo célibe pero la
pulvericé con unos cuantos billetes en el bolsillo y dentro de un lugar donde
el anuncio engañaba a los cristianos nocturnos. Como el desempleo no lo
controlaba, ante la soledad lo único que hice fue amenazarla con dejarla algún
día, pero cientos de días murieron sin velorio, la promesa se fue añejando para
convertirse en una frase insulsa, enfrascada en un ataúd, que a su vez le
reforzaron la seguridad en una bóveda gélida, como si fuera a huir de ahí el
sonido de mi apodo.
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