Anunciado el viaje, empecé a
enterrarla al doble de profundidad que a cualquier difunto, que no estorbe ni
su presencia o el recuerdo. Los pasos dubitativos me llevaron hacia el alcohol,
tratando de sofocar el deseo casi persistente de sentirla en mis brazos. En su
lugar, dominé el cuerpo húmedo de una cerveza, dejé volar la furia entre la
espuma espesa; de un salto me encontré al lado de mujeres solidarias a mis
penas, una me empalagaba en frases corrosivas, la otra me acariciaba el sexo
con angustia y la tercera me mandaba la cabeza hacia arriba y abajo, como si me
hubiese convertido en un balero. Extrañarla
o sufrir no serían las condiciones de mi penitenciaria hogareña, no creo que
haya sido lo suficientemente necesaria en mi vida, pero aún trato de entender
el porqué de su frialdad elocuente. Su aliento no desprendía aire sino un hedor
fúnebre que se asemejó al sudor de los cuatro cuerpos tendidos en una alfombra
harapienta, la hombría la rebusqué entre las ropas sin vida, para no llorar
delante de estos cuerpos dominados por la oscuridad, la necesidad y la complacencia.
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