jueves, 10 de enero de 2013

PA´ ENTRO





Esquina acuñada por el sol, paredes levantadas a punta de estiércol y barro, y de techo, tejas corridas con moho de adorno. La  Carmelita es su nombre, bautizada así por la esposa devota a La Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y el esposo adicto a la dulce sensación que le deja el chirrinchi al atravesar su garganta. El nombre parecía profético, todo un culto al alcohol, porque el fanatismo divino no perduró mucho a causa de la muerte de doña Adelina. Eusebio no encontró tregua en las oraciones y convirtió La Carmelita en hogar de las penas  de cuanto esposo no quería llevar la plata de la remesa cada viernes, de la joven desempleada y despechada, del amargado o amargada que los consuelos les saben a cigarrillos baratos. Era el hogar del luto eterno, la cuna de las historias y para hacer moñona hasta la tumba de las mismas, pues cada que se contaba una, ningún oyente la recordaría a la mañana siguiente. El corrincheo era continuo de Jueves a Domingo, el olor a humo viejo y alcohol curtido era su esencia. Las lluvias de octubre no detenían la algarabía así provocaran el corte del flujo eléctrico, ni la muerte de algunos en aquella esquina causaba resistencia a la llegada de nuevas ánimas. El barrio creció a su alrededor como si se tratara de una iglesia o la  casa comunal, era cuestión de historia, algo más que simbólico. Llegó el 26 de Julio de 1988, Eusebio alcanzó el jardín del Monte Carmelo, se reencontró con Adelina y el cielo destiló agua en su ausencia. La carmelita se fue desmoronando con el tiempo y de ella no quedan sino cicatrices en demasiadas espaldas y brazos, producto de las riñas nocturnas, dejó hígados maltrechos, matrimonios ansiosos de divorcio, virginidades aniquiladas y canciones perdidas en el aire. Dentro de La carmelita cada quien encontró lo que nunca fue, un motivo, una excusa, ningún por qué. 

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