Esquina acuñada por el sol,
paredes levantadas a punta de estiércol y barro, y de techo, tejas corridas con
moho de adorno. La Carmelita es su
nombre, bautizada así por la esposa devota a La Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y
el esposo adicto a la dulce sensación que le deja el chirrinchi al atravesar su
garganta. El nombre parecía profético, todo un culto al alcohol, porque el
fanatismo divino no perduró mucho a causa de la muerte de doña Adelina. Eusebio
no encontró tregua en las oraciones y convirtió La Carmelita en hogar de las
penas de cuanto esposo no quería llevar
la plata de la remesa cada viernes, de la joven desempleada y despechada, del
amargado o amargada que los consuelos les saben a cigarrillos baratos. Era el
hogar del luto eterno, la cuna de las historias y para hacer moñona hasta la
tumba de las mismas, pues cada que se contaba una, ningún oyente la recordaría
a la mañana siguiente. El corrincheo era continuo de Jueves a Domingo, el olor
a humo viejo y alcohol curtido era su esencia. Las lluvias de octubre no
detenían la algarabía así provocaran el corte del flujo eléctrico, ni la muerte
de algunos en aquella esquina causaba resistencia a la llegada de nuevas ánimas.
El barrio creció a su alrededor como si se tratara de una iglesia o la casa comunal, era cuestión de historia, algo
más que simbólico. Llegó el 26 de Julio de 1988, Eusebio alcanzó el jardín del
Monte Carmelo, se reencontró con Adelina y el cielo destiló agua en su
ausencia. La carmelita se fue desmoronando con el tiempo y de ella no quedan
sino cicatrices en demasiadas espaldas y brazos, producto de las riñas
nocturnas, dejó hígados maltrechos, matrimonios ansiosos de divorcio,
virginidades aniquiladas y canciones perdidas en el aire. Dentro de La
carmelita cada quien encontró lo que nunca fue, un motivo, una excusa, ningún
por qué.

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