Mientras los pensamientos revoloteaban
entre el polvo, que pasaba por medio de las hendiduras de la pared de ladrillo
quemado, miraba decididamente como se secaba el rastro húmedo dejado por el
trapeador, meneado por un divorciado en el inquilinato de la Agradable Peste.
Baldosas amarillas con manchas negras, un diseño del siglo XX que muchas casa
colombianas apropiaron para garantizar un ahorro de 30 años, antes de pensar en
volver a cambiar el piso. Me apuro a bajar las escaleras desde el tercer piso,
para eliminar contundentemente la calvicie y la raya del trasero de aquel
hombre, que al encorvarse para hacer mejor su trabajo, mostraba como se dividía
su cuerpo sin darse cuenta que el mundo no lo necesitaba. Llegué a la entrada
principal como lo había previsto, al dar el primer paso hacia la realidad,
escuché como los fuegos pirotécnicos de un arma se clavaban en el pecho de un
desalmado, observé como lentamente su camisa azul clara se convertía en el
capote de un torero, los ojos se le cerraron instantáneamente mientras su
cuerpo se tomó un poco más de tiempo para acomodarse en el pavimento. El
artista con su arma de fuegos pirotécnicos huyó con la misma tranquilidad de
las personas que entran a un centro comercial o la salida del cine, el tiempo
no se apiadó del desalmado y no le otorgó el beneficio de la agonía, la gente
formó un circulo alrededor de su cuerpo inanimado como en una especie de
ritual, en donde las especulaciones son las oraciones de despedida. Quise
borrar el evento de mi memoria y tan sólo se me ocurrió devolverme hacia el
tercer piso, dando los pasos de espaldas, imitando la rebobinada de un casete,
se cegó de nuevo mi ojo derecho, pisé cada una de las gradas al mismo ritmo, el
hombre calvo ya se encontraba en el segundo piso meneándose al ritmo del trapeador,
tropecé con la puerta de mi cuarto pasajero, abrí la puerta como de costumbre,
encendí la licuadora del olvido y en ella agregué un muerto, un trapeador, la raya
del destino, 48 gradas y una pizca de rumores como endulzante.
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