La luciérnaga desplegaba su luz
solitaria, su sonido era cada vez más agudo al acercarse a un niño extendido en
el suelo de su casa. El niño sólo miraba como le sobrevolaba la cabeza, Sumiso,
inmóvil y desconcertado. No comprendía el lenguaje de la naturaleza, una
pesadumbre más, una incertidumbre más. Cada
día se la pasaba mirando a través de su ventana, divisaba a sus colegas correr
uno tras otro. Risas, pelotas contra los andenes, columpios rojos, dulces
pegados a la ropa. Todo era motivo de gracia, pero él no lo comprendía,
seguramente nació sin un espíritu infantil, tal vez su intelecto no cedía a
tales placeres. Todo a su alrededor parecía alejarse sin razón alguna. Por
vigésima vez apartó sus dos manos, de sus dos orejas, y no logró escuchar el
sonido ni de sus pasos. El llanto ocupó de nuevo su vida. Su madre se acercó
lentamente y consolándolo sin lograr cambio alguno, empezó a mover sus manos
formando algún tipo de señal, en la que tan sólo le decía. ¡Viste! ¡viste!, yo te lo advertí.
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