jueves, 3 de enero de 2013

!VISTE¡ !VISTE¡





La luciérnaga desplegaba su luz solitaria, su sonido era cada vez más agudo al acercarse a un niño extendido en el suelo de su casa. El niño sólo miraba como le sobrevolaba la cabeza, Sumiso, inmóvil y desconcertado. No comprendía el lenguaje de la naturaleza, una pesadumbre más, una incertidumbre más.  Cada día se la pasaba mirando a través de su ventana, divisaba a sus colegas correr uno tras otro. Risas, pelotas contra los andenes, columpios rojos, dulces pegados a la ropa. Todo era motivo de gracia, pero él no lo comprendía, seguramente nació sin un espíritu infantil, tal vez su intelecto no cedía a tales placeres. Todo a su alrededor parecía alejarse sin razón alguna. Por vigésima vez apartó sus dos manos, de sus dos orejas, y no logró escuchar el sonido ni de sus pasos. El llanto ocupó de nuevo su vida. Su madre se acercó lentamente y consolándolo sin lograr cambio alguno, empezó a mover sus manos formando algún tipo de señal, en la que tan sólo le decía. ¡Viste!  ¡viste!, yo te lo advertí.

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