viernes, 8 de febrero de 2013

PIRINOLA




No recuerdo a ninguna mujer por sus rasgos físicos o momentos venerables, me dedico a resumirlas en imágenes indecentes y frases corrientes, para no perder su presencia en la exaltación ni tampoco desvanecerlas en nimiedades. Anastasia, pulcra impertinente; Julia, cachorrita insolente; Martina, bullita sonriente; Virginia, olvido sensual e incoherente; Fernanda, lenguaraz taciturna; Sofía, iceberg perdido; Laura, fortuna solitaria; Tina, decisión unánime; Carolina, discurso retorcido; Leticia, figurita de circo; Valentina, sueño diurno; Pilar, tristeza con helado; Claudia, nube de masmelo; Rebeca, letargos enanos; Sari, pecado insoportable; Tati, colorín colorado y Ximena, engaño mediático. La prolongación de la lista no es más que la explicación redundante de mi personalidad, cada adición mata una célula, descompone un tejido, me tumba diez cabellos, me llorosean los ojos, me rifan el alma, se me despigmenta la piel, aumentan las probabilidades de un ataque cardiaco, pierdo intelecto y se me chupan la imaginación; quien iba a creer que el tiempo de las armas biológicas no corresponde a la actualidad.

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