Deseaba no levantarme cada
mañana, alargaba los sueños diariamente hasta donde la caricia de mi madre
irrumpía para iniciar la rutina matutina de ir a la escuela. Cada fin de semana
insistía en quedarme dentro de casa, no aceptaba invitaciones a parques,
cumpleaños o comidas domingueras; mis amigos de barrio pensaron que me había
tomado muy en serio lo de jugar al escondite, algunos rumoreaban que el monstruo
que vivía debajo de todas las camas de
los niños y niñas me tenía secuestrado. Las vecinas preguntaban constantemente
por mí ausencia en sus árboles de cacao y mamoncillo, y el perro de Nicolás
dejó de menear la cola de tanta espera. Mi oso Anselmo se ha convertido en mi cómplice,
el único que a duras penas encuentra explicación para tanto silencio e
infelicidad, juntos ante el primer gran obstáculo de mi vida, amarrarme bien
los zapatos.
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