La niebla espesa acariciaba las
montañas que resguardan la ciudad de los mil males, ubicada al lado izquierdo
de un país lleno de carroña y desgracia, un país que debió ser una isla sin
puntos cardinales para que nada escapara de sus entrañas. La niebla adormecía
cada uno de los habitantes con gélidos movimientos, pero sólo una de tantos
miraba fijamente la mancha blanca viviente que bajaba cada vez más para meterse
en cada rincón de la ciudad e introducirse sin tapujos en cada pulmón humano.
Cabello liso, piel oscura y ojos negros sinónimos de perdición; parada en una
esquina de la novena donde sus colegas nocturnas se van de tour en diversos automóviles
para ganarse una noche más de vida o por el contrario actualizar la fecha de
vencimiento, ajustándola a término de pocas horas. Ella con el cabello suelto y libertino,
con las piernas fijas al pavimento, formaba con sus manos una especie de arma,
el meñique como gatillo fue accionado infinidad de veces hacia la niebla, no
permitiría que el humo de su cigarrillo se mezclara con la pureza descendente,
una contradicción a la vez para no saturar su desdicha.
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