No hay horario especial para
sentir la penumbra envolver tu cuerpo, sin embargo, la madrugada tiene una
ligera condición, agrega silencio a tu pensamiento, te das cuenta de que cada
sentido se agudiza, los recuerdos vienen en carrozas como prologado festival
nariñense. Repetidos cuestionamientos se van acumulando en tu frente esperando
el momento exacto y estallar, tomas asiento y suena el primer Riff de la noche.
El cuerpo está tenso, ahora le das paso a la paranoia, sudoración excesiva,
temblores casi convulsivos, dilatación de las pupilas, depresión, ganas de
llamar a alguien y la necesidad de renunciar a todo. Por momentos eres
consciente de la inmovilidad corporal, la mirada sigue fija en el techo, en la
lámpara incandescente. Parpadear dos veces seguidas y reincorporarse
lentamente, no hay tiempo perdido, fue como soñar despierto, nada tiene sentido
y la caverna sigue rebosada de situaciones sin resolver. Lo has repetido
centenares de veces, la confusión en algún punto es cristalina, tanto que ahora
puedes concluir la inexistencia de una sustancia psicoactiva más fuerte y letal
que la soledad.
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