La mirada victoriana, el corazón
de piedra tallado en la edad media, se escondía al menor acto de calidez
humana, circundaba lugares públicos pero solitarios, empapados en la niebla de
la madrugada, se desplazaba entre el espesor blanco convulsionando, brotando de
su boca no una babaza blanca sino una verborragia absurda, descargaba lo que su
moral no dejaba escapar cotidianamente, era desnudarse la existencia sin
mostrar los genitales. Luego del monólogo esquizofrénico se abrieron paso las
torturas placenteras, había que recargar aquello expulsado, la necesidad de
culpa era su perdición, su opio inclemente y la línea fina de su cordura.
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