Ella
reposaba en un aterciopelado diván azul, dormía desnuda, abandonada en ese
mundo onírico donde sólo gobiernan las tribulaciones que viven en lo profundo
de su mente. Y allí
está ella de nuevo, boca arriba, silueteando las sabanas con su cuerpo, con los
pies apoyados sobre la pared, apuntando a través de la ventana hacia el cielo,
cielo al que teme porque le recuerda el pecado. Su vida es pecado en todas las siete
presentaciones capitales, por eso piensa que algún día le caerá encima y la
hundirá en lo más profundo del infierno, hasta allá me arrastraría para
presenciar el bullir de su esencia a mil grados centígrados. Yo la pienso en
sepia, ese es el color de su piel, de sus ojos, de la miel a que sabe su cuerpo,
esa es su invitación para hombres y mujeres, cadena perpetua si lo desea.

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