Sunu cuquitos de bohemia,
aniquilaba dientes de león cada tarde, desparramada debajo de un árbol
ancestral, al que llamaba Prudencio, igual que a su abuelo. Niña escurridiza que nunca aprendió a confesarse, de uñas mugrosas y sin la capacidad de
conservar el silencio. La lectura sólo le apetecía en los días de lluvia, que
arruinaba sus encuentros con los dientes de león. Contaba cuantos pelos se le
caían de su cabellera oscura y densa, detestaba el olor a grasa quemada y
devoraba todo lo que veía huérfano en la cocina. Un amanecer le manoseó el
alma, sintió un frío fúnebre que le bajó por la entrañas; divisó que de su
pecho plano surgían dos mesetas inocentes sin vegetación alguna, la pelvis y
las axilas se le oscurecieron de color pecado y un espejo confirmó el nuevo
grosor de sus labios juveniles. El último diente de león fue desvanecido por su
aliento insípido, Prudencio tan sólo la consoló dejando caer una lluvia de
hojas sobre su presencia; miró el rojizo atardecer que se apagaba al mismo ritmo
que sus ojos perdían el brillo de la inocencia.
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