El secreto de su existencia estaba en mendigar un bocado de
aire, una bocanada de gas domiciliario, una esquina con parasol para no ser
tocado por la lluvia antes de tiempo. Militó desde niño en la miseria, le vio
la desnudez a la oscuridad y fecundó cuanto terreno roció con el chorrito
amarillo de su ser. Su ritual favorito es bautizarse todos los miércoles en la
fuente de la juventud de la calle 26, dos ángeles esculpidos en mármol fino le
vigilan la espalda, para no terminar con moretones largos con la forma de un bolillo.
Zambulle tres veces su cabeza para purgarse los tres delitos del día anterior,
un bolso negro arrebatado de un brazo distraído, la carga de deditos de la
felicidad que le entrega a los niños para soportar el frío de la noche y la
puñalada que le propinó en la pierna a un desnutrido por el placer de un colchón
desfigurado. Con la cabeza fría y los pensamientos desfigurados zigzaguea hacia
su eterno hogar y su única creencia, madame calle.

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